Opinión de
Susana Sánchez
LA FAMILIA | MÁS QUE FÚTBOL
No conozco alineaciones, me cuesta recordar los nombres de los jugadores y rara vez veo un partido completo.
"Los partidos terminan; los recuerdos familiares que nacen alrededor de ellos permanecen para siempre."
Estos días, en que todo es futbol y las personas están atentas a partidos, jugadores, estadísticas y records, puede resultar abrumador para quienes, como yo, no soy aficionada al fútbol. No conozco alineaciones, me cuesta recordar los nombres de los jugadores y rara vez veo un partido completo. Sin embargo, cada cuatro años me entusiasma la llegada del Mundial. No por el deporte en sí, sino por el fenómeno humano que provoca.
Hay algo profundamente valioso en ver a millones de personas unidas por una misma emoción. Durante unas semanas, las diferencias políticas, económicas, generacionales e incluso familiares parecen ocupar un segundo plano. El vecino saluda al vecino, los compañeros de trabajo comentan los resultados y las familias se reúnen frente a una pantalla para compartir tiempo, risas y expectativas.
De hecho, cualquier acontecimiento que logre sentar a varias generaciones en la misma sala merece nuestra atención. El Mundial tiene esa capacidad. En el hogar se descubre que compartir una pasión colectiva también forma parte de la identidad familiar.
En México, además, el fútbol posee una dimensión cultural que va mucho más allá del deporte. Se convierte en un lenguaje común. Las reuniones para ver los partidos, las comidas preparadas para la ocasión, las apuestas amistosas y los rituales familiares terminan construyendo recuerdos que permanecen mucho después del silbatazo final. Así nacen las tradiciones: de experiencias compartidas que se repiten y adquieren significado.
Los especialistas en relaciones familiares suelen insistir en la importancia de crear rituales. El psicólogo estadounidense William Doherty ha señalado que las tradiciones familiares fortalecen el sentido de pertenencia y ayudan a construir vínculos más sólidos entre sus miembros. No importa tanto la actividad específica como el hecho de compartirla de manera constante y significativa. En este espacio hemos hablado reiteradamente sobre la importancia de las tradiciones familiares, el mundial de futbol definitivamente es una actividad que las fomenta y las cultiva.
El Mundial también puede convertirse en una oportunidad para limar asperezas. Muchas familias cargan con diferencias, desacuerdos o heridas que dificultan la convivencia. Evidentemente, un partido de fútbol no resolverá conflictos profundos, pero sí puede abrir espacios de encuentro. A veces, la reconciliación comienza con algo tan sencillo como sentarse juntos a ver un juego, comentar una jugada o celebrar un gol. Los momentos compartidos generan cercanía, y la cercanía facilita el diálogo.
Quizá por eso me gusta observar este fenómeno. Porque detrás de cada camiseta, cada bandera y cada celebración, veo algo mucho más importante que una competencia deportiva. Veo familias encontrando motivos para reunirse. Veo padres e hijos conversando. Veo abuelos transmitiendo historias. Veo amigos recuperando el contacto.
Al final, los campeones cambian, los resultados se olvidan y las estadísticas quedan para los especialistas. Lo que permanece son esos instantes de convivencia que fortalecen nuestros lazos más importantes.
Y si el Mundial logra que una familia pase más tiempo junta, converse más, ría más y recuerde que pertenece a algo más grande que ella misma, entonces habrá conseguido una victoria que vale mucho más que cualquier trofeo.
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