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Mariano Tello Opinión de Mariano Tello

ESCRITORIO DIGITAL | EL FUTURO DEL PASADO

🚀🌎 "Me prometieron ir a Marte. En cambio, me dieron Facebook" Atribuida a Buzz Aldrin

¿Qué era el futuro? Si mal no recuerdo, eran robots, ciudades en el cielo y viajes a Marte. Sin embargo, parece que terminamos compartiendo fotografías de nuestro almuerzo en Instagram.

El futuro lo veía a diario en las caricaturas, con Robotina haciendo el quehacer mientras Súper Sónico leía el periódico. En videollamadas de trabajo con su jefe, en las que los regaños se sentían en persona. Y en hogares que se alzaban por encima de la contaminación, con ciudades suspendidas en el cielo y vehículos que nos permitían desplazarnos entre ellas. ¿Recuerdas?

El futuro era una promesa de posibilidades. Una invitación a imaginar una vida radicalmente distinta de la que conocíamos.

Y, de pronto, algo cambió.

No dejamos de inventar cosas. Al contrario: nunca habíamos tenido tantas herramientas, tanta capacidad de cómputo ni tantos recursos para transformar el mundo. Pero pareciera que, en algún momento, comenzamos a confundir el progreso con la actualización.

Inventamos una red social. Después otra. Después otra más, cada una con una nueva manera de compartir fotografías, videos, opiniones y fragmentos de nuestra intimidad. Nuestros teléfonos adquirieron mejores cámaras, más memoria y pantallas capaces de reproducir millones de colores. Creamos aplicaciones para pedir comida, contratar transporte, comprar productos y encontrar a alguien que hiciera por nosotros cualquier tarea que no quisiéramos realizar.

Incluso inventamos videojuegos hiperrealistas en los que podemos pasar horas conduciendo un camión, administrando una granja o trabajando en una oficina. Simulamos experiencias que, en el mundo real, quizá querríamos evitar.

Y no hay nada intrínsecamente malo en ello. Muchas de estas tecnologías son extraordinarias. El problema no es que hayamos avanzado poco, sino que quizá hemos dedicado demasiada imaginación a perfeccionar el presente y muy poca a construir un futuro que no se le parezca.

Tal vez sea tiempo de mirar hacia el cielo.

Y encontrarnos con un Tesla Roadster que parece sacado de una película de ciencia ficción. Un vehículo que sube por una rampa curva, permanece adherido a ella incluso cuando queda invertido y, al salir disparado, realiza una maniobra aérea antes de aterrizar sobre sus ruedas, impulsado por propulsores desarrollados con tecnología de SpaceX.

La demostración es extraordinaria, aunque las promesas requieren cautela. Lo mostrado fue un prototipo realizando maniobras controladas, no un automóvil capaz de desplazarse libremente por el cielo. Pero hay algo que me interesa más que discutir si ese vehículo llegará a venderse, si podrá volar durante más de unos segundos o si algún día podremos conducirlo hasta la oficina.

Por un instante, alguien volvió a poner un automóvil en el aire. Y recordé que eso era precisamente lo que nos habían prometido.

Durante décadas, esa imagen permaneció en el imaginario colectivo como una de las representaciones más reconocibles del mañana. Aparecía en caricaturas, películas, ilustraciones y libros de ciencia ficción. Era una de esas cosas que dábamos por hecho que, tarde o temprano, formarían parte de nuestra vida.

Hasta que dejamos de esperarla.

Tal vez el automóvil de Musk no sea todavía el futuro. Pero me resulta refrescante ver a alguien intentar materializar una idea que durante mucho tiempo perteneció exclusivamente a nuestra imaginación.

Incluso los memes que acompañaron la demostración me parecen reveladores. ¿Cómo funcionarían las casetas de cobro? ¿Dónde aterrizaríamos? ¿Cómo nos multarían por exceso de velocidad? ¿Qué harían los limpiaparabrisas que se acercan a los automóviles detenidos en los semáforos?

Detrás de cada uno de esos chistes había una pregunta legítima. Si mañana los automóviles pudieran volar, ¿cómo tendríamos que rediseñar nuestras ciudades, nuestras leyes, nuestras vías de comunicación y nuestra manera de desplazarnos?

Programa pavimentación Guadalupe

Esas son las preguntas que aparecen cuando una tecnología deja de ser una simple mejora y comienza a transformar todo lo que la rodea.

Existe una diferencia importante entre mejorar una solución e inaugurar una posibilidad.

El progreso también necesita personas dispuestas a formular preguntas mucho más incómodas: ¿por qué tenemos que conducir sobre el suelo? ¿Por qué un viaje intercontinental debe durar tantas horas? ¿Por qué una enfermedad que hoy consideramos incurable no podría dejar de serlo? ¿Por qué la energía tiene que producirse de la manera en que lo hacemos actualmente?

La innovación verdaderamente transformadora no consiste solamente en hacer mejor las cosas. A veces consiste en descubrir que llevábamos décadas haciéndolas de la única manera que éramos capaces de imaginar.

Si hubiéramos exigido a los primeros experimentos aeronáuticos que compitieran de inmediato con la eficiencia de un automóvil, quizá habríamos tardado mucho más en desarrollar la aviación. Si cada proyecto de exploración espacial hubiera tenido que justificar su existencia exclusivamente por sus beneficios inmediatos, habríamos renunciado a una parte importante del conocimiento que hoy damos por sentado.

La innovación necesita rigor, evidencia y responsabilidad. Pero también necesita imaginación, curiosidad y cierta tolerancia a la posibilidad de equivocarse.

Por supuesto, el mundo tiene problemas mucho más urgentes que los automóviles voladores. Millones de personas siguen padeciendo hambre. El cambio climático amenaza comunidades enteras. La desigualdad limita las oportunidades de millones de seres humanos. La justicia, la educación y el acceso a la salud siguen siendo deudas pendientes.

No necesitamos abandonar esas prioridades para construir cohetes, desarrollar robots o explorar otros planetas. Tampoco debemos confundir una demostración tecnológica con una solución a los problemas de la humanidad.

Podemos exigir que las tecnologías resuelvan problemas concretos y, al mismo tiempo, invertir en investigación que quizá transforme nuestra vida dentro de varias décadas. Podemos mejorar el transporte público y estudiar nuevas formas de movilidad. Podemos combatir el hambre y explorar otros mundos. Podemos hacer más eficiente el presente sin renunciar a imaginar un mañana distinto.

Quizá eso sea lo que más extraño de aquel futuro que nos prometieron: no los automóviles voladores en sí mismos, sino la convicción de que todavía quedaban fronteras por cruzar.

Porque, mientras discutimos dónde estarían las casetas de cobro de una autopista aérea, al menos estamos haciendo algo que las aplicaciones difícilmente pueden ofrecernos por sí solas: imaginar un mundo que todavía no existe.

Y tal vez ese sea el primer paso para construirlo.

Durante demasiado tiempo hemos mirado nuestras pantallas para ver qué está pasando en el mundo. Quizá sea momento de levantar la cabeza para preguntarnos qué podría pasar en él.

A fin de cuentas, no quiero que el futuro se limite a entregarme más rápido lo que ya tengo.

Quiero que vuelva a sorprenderme.

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