JÓVENES Y TERCOS | EL MÉRITO QUE INCOMODA
Nos gusta pensar que el esfuerzo, la preparación y el talento son suficientes para salir adelante.
“Cuando el mérito no cuenta, no solo se cierran oportunidades: se le cierra el futuro a toda una generación”.
Lalo Reyes*
En teoría, todos creemos en la meritocracia. Nos gusta pensar que el esfuerzo, la preparación y el talento son suficientes para salir adelante. Suena bien: un piso parejo donde cada quien llega hasta donde su capacidad le permite.
Pero para muchos jóvenes y personas que hoy se están preparando, esa idea cada vez se siente más lejana.
Mientras estudian, se capacitan y buscan abrirse camino, se topan con una realidad distinta: las oportunidades no siempre se ganan, muchas veces se reparten. El nepotismo —darle preferencia a los cercanos en lugar de a los más capaces— sigue cerrando puertas que deberían estar abiertas al mérito.
Y ahí empieza la frustración.
Porque no es solo competir, es competir con desventaja. Ver cómo puestos importantes los ocupan personas que no están realmente preparadas, mientras quienes sí se han esforzado se quedan fuera. Jóvenes con talento, con ganas y con ideas que terminan enfrentándose a un sistema que no los mide por lo que saben, sino por a quién conocen.
A esto se suma otro problema: hoy hay funcionarias y funcionarios más preocupados por su imagen que por su trabajo. Más enfocados en verse bien en redes sociales que en dar resultados. La función pública se vuelve un escaparate, no un espacio de responsabilidad real. Y mientras tanto, quienes sí están listos siguen esperando una oportunidad.
Como se retoma en Aprendiendo de los mejores, una frase atribuida a Warren Buffett lo resume bien: “Se necesitan 20 años para construir una reputación y cinco minutos para arruinarla.” Y eso aplica igual para las personas que ocupan cargos públicos y para las instituciones que representan.
El resultado de todo esto es claro: instituciones débiles. Y eso nos afecta a todos. Porque las instituciones son la base del orden civil y económico de un país. Cuando se llenan de favoritismos, improvisación y simulación, dejan de funcionar como deberían. Pierden rumbo, pierden eficacia y, sobre todo, pierden la confianza de la gente.
El costo es alto. Se desmotiva el esfuerzo, se pierde la fe en que las cosas pueden hacerse bien y, peor aún, se manda el mensaje de que prepararse no sirve.
Pero sí sirve. Y tiene que servir.
Aquí la pregunta de fondo es qué tipo de país queremos: uno donde el esfuerzo tenga recompensa real, o uno donde las oportunidades dependan de conexiones y apariencias.
Porque al final, el mérito no incomoda por lo que es…
incomoda porque, cuando no se respeta, no solo se pierden oportunidades: se pierde el futuro.
*Empresario, joven y dirigente de partido en Guadalupe. Especialista en estrategia y comunicación, ha participado en proyectos públicos y privados enfocados en posicionamiento, análisis político y desarrollo de iniciativas. Su trabajo se centra en generar valor con visión estratégica y enfoque en resultados.
IG: @Soylalo_reyes
FB: Lalo Reyes