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Susana Sánchez Opinión de Susana Sánchez

LA FAMILIA | CUANDO CADA QUIEN HACE LO SUYO, TODOS CRECEMOS

En la vida familiar, cada miembro ocupa un lugar único e irrepetible

“La responsabilidad es el precio de la grandeza.”  Winston Churchill

En la vida familiar, cada miembro ocupa un lugar único e irrepetible. Sin embargo, en demasiadas ocasiones los padres, con la mejor intención, caemos en el error de cargar sobre nuestros hombros tareas que no nos corresponden. Queremos facilitar el camino a los hijos, evitarles dificultades o resolver por ellos lo que deberían aprender a resolver por sí mismos. Con ello, sin notarlo, les privamos de la oportunidad de crecer en independencia, de ejercitar virtudes y de prepararse para los retos que, tarde o temprano, habrán de enfrentar.

La familia es la primera escuela de la vida. Y como toda escuela, necesita que cada uno asuma su responsabilidad según su edad y sus circunstancias. Al niño pequeño le corresponde recoger sus juguetes, aprender a ordenar su habitación o colaborar con pequeñas tareas en casa. El adolescente debe ir ampliando sus compromisos: cumplir con sus estudios, ser puntual, asumir actividades en el hogar que requieran más constancia y disciplina. Y los adultos, en su papel de padres, estamos llamados a guiar, acompañar y dar ejemplo, más que a resolverles todo.

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Cuando dejamos que cada quien haga lo suyo, no significa desentendernos, sino confiar en la capacidad de los hijos para aprender. Esa confianza se convierte en un regalo: los ayuda a descubrir que son capaces, que tienen fuerza para perseverar y que el esfuerzo trae recompensas. Un joven que siempre tuvo todo resuelto a su favor difícilmente aprenderá a enfrentar la vida con valentía. En cambio, aquel al que se le permitió equivocarse, rectificar y volver a intentar, entenderá que la vida es lucha y que el fracaso no es el final, sino una oportunidad de comenzar con más experiencia.

En este proceso, los padres tenemos la misión de transmitir valores y virtudes con paciencia y constancia. La responsabilidad, por ejemplo, se cultiva con actos sencillos: cumplir un horario, hacerse cargo de las tareas asignadas, responder a la palabra dada. La perseverancia, por su parte, se aprende cuando el hijo descubre que no siempre tendrá resultados inmediatos, que hay que insistir una y otra vez para alcanzar una meta. Y el respeto nace de la conciencia de que todos, en casa, formamos parte de un mismo equipo donde nadie está exento de colaborar.

Dejar que los hijos asuman su parte también es un acto de amor. No se trata de cargarles más de lo que pueden soportar, sino de enseñarles que la vida no siempre será fácil y que, para afrontarla, necesitarán virtudes sólidas. Si la familia les ofrece desde temprano esta formación, estarán mejor preparados para la independencia, la vida laboral, el compromiso social y, sobre todo, para ser personas íntegras.

En tiempos donde la comodidad y la inmediatez parecen valores predominantes, enseñar que la vida exige esfuerzo y disciplina es un verdadero tesoro. Educar en responsabilidades, desde lo más pequeño hasta lo más exigente, no solo forma mejores hijos, sino mejores ciudadanos. Porque una familia donde cada quien cumple su parte es semillero de una sociedad más justa, fuerte y esperanzadora

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