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Susana Sánchez Opinión de Susana Sánchez

LA FAMILIA | EL BURNOUT, CUANDO LA FAMILIA SE QUEMA

Hay un cansancio que no se cura con una noche de sueño.

“Amar también es saber acompañar sin cargar con la vida del otro.”

Hay un cansancio que no se cura con una noche de sueño. Es el cansancio de quien lleva demasiado tiempo intentando que todo funcione: el trabajo, la casa, el matrimonio, los hijos, los padres, las cuentas, las preocupaciones y hasta los problemas de los demás. Lo llamamos burnout y solemos relacionarlo con el ámbito laboral, pero también puede instalarse silenciosamente dentro de las familias.

Lo vemos en padres agotados que siguen pendientes de hijos que ya son adultos; en matrimonios que dejaron de conversar para dedicarse únicamente a resolver pendientes; y en hijos adultos que sienten que deben tener una carrera exitosa, una pareja estable, solvencia económica, hijos felices y, además, tiempo para cuidar a sus propios padres. Una generación cansada intentando sostener a otra.

El problema no es tener responsabilidades. El problema aparece cuando vivimos permanentemente en modo supervivencia.

Nuestros hijos adultos también pueden sentirse rebasados. La cultura actual les ha vendido, en ocasiones, la idea de que deben poder con todo: trabajar, emprender, viajar, ahorrar, tener una vida social activa, cuidar su cuerpo, ser buenos padres y alcanzar una felicidad casi obligatoria. Y cuando no lo consiguen, pueden interpretar el cansancio como fracaso personal.

Pero quizá necesitamos cambiar la pregunta. En lugar de decirles: “¿Cómo vas a resolver esto?”, podríamos preguntar: “¿Cómo estás?”

Esta pregunta parece sencilla, pero puede abrir una puerta enorme.

Los padres, especialmente cuando los hijos ya son adultos, tenemos que aprender una nueva forma de amar. Ya no se trata de hacerles la vida fácil, sino de ayudarlos a desarrollar las herramientas para vivirla. No podemos evitarles todas las dificultades, ni debemos hacerlo. Podemos escucharlos, acompañarlos, ofrecer nuestra experiencia y, cuando sea necesario, ayudar materialmente; pero sin quitarles la responsabilidad de conducir su propia vida.

A veces, incluso con la mejor intención, nuestra preocupación se convierte en presión: “¿Ya conseguiste trabajo?”, “¿Cuándo te vas a casar?”, “¿Cuándo tendrás hijos?”, “¿Por qué no haces esto?”. El amor puede terminar pareciéndose demasiado a una auditoría.

También los hijos adultos necesitan aprender a poner límites. Decir “hoy no puedo”, descansar, pedir ayuda, delegar y reconocer los propios límites no es egoísmo. Es madurez.

Y como familias necesitamos recuperar algo que parece sencillo pero que hemos perdido: estar juntos sin tener que resolver nada. Comer sin teléfonos, caminar, tomar un café, conversar, reírnos, visitar a alguien, celebrar pequeñas cosas. El vínculo también necesita oxígeno.

Cuando el agotamiento se vuelve persistente, afecta el sueño, el estado de ánimo, el trabajo o las relaciones, no debemos minimizarlo. Buscar ayuda profesional puede ser una muestra de responsabilidad y no de debilidad.

Tal vez la gran tarea de nuestras familias no sea enseñar a nuestros hijos a aguantar más, sino enseñarles cuándo detenerse, cuándo pedir ayuda y cuándo reconocer que no pueden solos.

Porque una familia sana no es aquella donde nadie se cansa. Es aquella donde, cuando alguien se cansa, hay alguien dispuesto a sentarse a su lado sin juzgarlo, sin presionarlo y sin intentar vivir su vida por él.

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