PALABRA VIVA | CRISTO, NUESTRA PASCUA

Desde el principio, Dios trazó un plan de redención que culmina en Cristo, quien ya hizo la obra por toda la humanidad.

Issac Félix
PALABRA VIVA | CRISTO, NUESTRA PASCUA


“Los símbolos de la primera Pascua en Egipto anticipaban la obra redentora que Jesucristo cumpliría siglos después en la cruz”



Desde el Antiguo Testamento, Dios ya venía revelando su plan de redención (Génesis 3:15). Lejos de ser solamente una recopilación de historias antiguas, el Antiguo Testamento muestra el camino que Dios preparó para que la humanidad pudiera ser justificada y perdonada por medio de Jesucristo.

Desde el principio, Dios trazó un plan de redención que culmina en Cristo, quien ya hizo la obra por toda la humanidad. Por eso, la vida eterna no se obtiene por méritos humanos, sino por reconocer a Jesús como Señor y Salvador (Romanos 10:9–10). Una de las muestras más claras de este plan se encuentra en la Pascua, una celebración que, aunque ocurrió siglos antes de la cruz, contiene símbolos que apuntan directamente a la obra de Cristo.

La primera instrucción que Dios dio al pueblo de Israel ocurrió la noche antes de ser liberados de Egipto. Después de múltiples advertencias y señales, el faraón persistió en su desobediencia y se negó a dejar salir al pueblo de Israel. Como consecuencia, Dios anunció la última plaga sobre Egipto: la muerte de los primogénitos (Éxodo 11:4–6). En medio de ese juicio, Dios ordenó a los israelitas sacrificar un cordero sin defecto y usar su sangre para marcar los marcos de las puertas de cada casa (Éxodo 12:3–7). Aquella señal evitaría que la muerte entrara en los hogares de los israelitas cuando pasara la plaga sobre la tierra de Egipto (Éxodo 12:12–13).

Este acto no solo fue una señal de protección en aquel momento; también anticipaba algo mucho mayor. Así como el pueblo de Israel fue liberado de la esclavitud por la sangre de un cordero, la humanidad encuentra libertad del pecado por medio de la sangre derramada de Jesucristo. Como dijo Juan el Bautista al ver a Jesús: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). El cordero debía ser perfecto porque Dios es perfecto, santo y justo. Ninguno de nosotros podría haber pagado por el pecado del mundo, porque nuestra sangre está marcada por el pecado. Solo un sacrificio perfecto podía cumplir esa obra, tal como lo afirma la Escritura al describir a Cristo como un cordero “sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:18–19).

La segunda instrucción fue que cada familia debía marcar su propia puerta con la sangre del cordero. Esto encierra una enseñanza profunda: la salvación no se hereda ni se presta. No porque nuestros padres sean creyentes o porque alguien cercano tenga fe nosotros seremos salvos. Cada persona debe responder de manera personal al llamado de Dios. La sangre debía aplicarse en cada casa y, de la misma manera, cada persona debe aplicar la obra de Cristo en su propia vida. La fe no se enciende únicamente por lo que hacemos, sino por lo que llegamos a comprender de la cruz (Romanos 10:9–10).

La tercera instrucción fue que el cordero debía comerse asado al fuego, no crudo ni hervido (Éxodo 12:8–9). En la Biblia, el fuego es un símbolo de la ira de Dios contra el pecado. Este detalle también apunta hacia la cruz. En Jesucristo recayó el juicio que debía caer sobre la humanidad; Él cargó con el castigo que nosotros merecíamos. Este momento se refleja en el episodio del Getsemaní, cuando Jesús ora diciendo: “Padre, si es posible, pasa de mí esta copa” (Mateo 26:39). Aquella copa representaba el peso del juicio que estaba por venir. En la cruz, Cristo recibió completamente la ira de Dios contra el pecado, cumpliéndose lo anunciado siglos antes: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados” (Isaías 53:5).

La cuarta instrucción fue acompañar el cordero con pan sin levadura (Éxodo 12:8). En la Biblia, la levadura representa el pecado que corrompe. Dios no estaba diciendo que el ser humano dejaría de pecar de inmediato, sino que quien ha conocido el evangelio ya no puede vivir practicando el pecado como antes. Así como una pequeña cantidad de levadura puede fermentar toda la masa, también el pecado puede contaminar la vida espiritual cuando se tolera y se normaliza (1 Corintios 5:6–7).

La quinta instrucción fue que durante la cena debían comer hierbas amargas (Éxodo 12:8). Estas servían para recordar lo amarga que había sido la vida en Egipto bajo la esclavitud. Para la vida cristiana esto tiene un significado muy claro: recordar lo amarga que es la vida sin Dios. El pecado promete satisfacción, pero termina esclavizando al ser humano. Recordar de dónde hemos sido rescatados nos permite valorar la libertad que Dios nos ha dado.

La sexta instrucción fue que no debía quedar nada del cordero para el día siguiente. Si sobraba algo, debía ser quemado (Éxodo 12:10). Este detalle también tiene una enseñanza espiritual importante. Muchas personas posponen su decisión de acercarse a Dios pensando que siempre habrá una nueva oportunidad. Sin embargo, la Escritura recuerda: “Ahora es el tiempo favorable; ahora es el día de salvación” (2 Corintios 6:2). En otras palabras, la respuesta a Dios no debe postergarse indefinidamente, porque nadie tiene asegurado el mañana.

Finalmente, Dios dio una última instrucción: debían comer la Pascua con la cintura ceñida, las sandalias puestas y el bastón en la mano (Éxodo 12:11). Era una señal de que debían estar listos para salir. No era una cena de comodidad, sino una cena de preparación para iniciar un camino nuevo. De la misma manera, cuando una persona entrega su vida a Cristo comienza una nueva dirección en su vida. No se trata de mirar atrás, sino de avanzar en una nueva carrera de fe.

Todos estos elementos de la Pascua, el cordero perfecto, la sangre en las puertas, el fuego, el pan sin levadura, las hierbas amargas y la preparación para partir, no fueron simples rituales. Fueron sombras de lo que Jesucristo haría siglos después en la cruz.

La Pascua no solo recuerda la liberación de Israel de Egipto. También anuncia la liberación más grande: la redención del pecado que Dios ofreció al mundo por medio de Jesucristo. Como lo afirma el apóstol Pablo: “Cristo, nuestra Pascua, ya fue sacrificado por nosotros” (1 Corintios 5:7).

Y ese mensaje sigue siendo vigente hoy, porque la invitación de Dios continúa abierta para todo aquel que decida creer.


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