Opinión de
Issac Félix
PALABRA VIVA | DE LOS PROFETAS A JESUCRISTO, Y DE LOS APÓSTOLES HASTA NOSOTROS, EL MENSAJE DE DIOS SIGUE SIENDO PROCLAMADO
Desde el principio de la historia bíblica, Dios ha buscado al ser humano y le ha dado a conocer su voluntad.
“Un mensaje que atraviesa las Escrituras y una misión que hoy nos corresponde cumplir”
Desde el principio de la historia bíblica, Dios ha buscado al ser humano y le ha dado a conocer su voluntad. Si seguimos el recorrido de las Escrituras, encontramos una continuidad: Dios llama al ser humano a apartarse del pecado, volver a Él y caminar conforme a su Palabra.
En el principio, Dios creó a Adán y Eva y tuvo comunión con ellos en el Edén. Sin embargo, cuando desobedecieron, el pecado afectó profundamente esa relación. El ser humano se escondió de la presencia de Dios y entró en una condición de separación espiritual. Aun así, Dios no dejó de hablarle: en Génesis 3:9, llamó a Adán preguntándole: ¿Dónde estás tú?
Desde entonces, vemos cómo Dios continuó comunicándose con el ser humano. Advirtió a Caín sobre el pecado antes de que asesinara a su hermano Abel (Génesis 4:6-7); instruyó a Noé para que construyera el arca (Génesis 6:13-22), y llamó a Abraham para que saliera de su tierra y caminara conforme a sus propósitos (Génesis 12:1-3). Dios también habló a Isaac, Jacob y otros patriarcas, guiándolos a lo largo de la historia.
Posteriormente, Dios levantó a Moisés para liberar a Israel de Egipto y establecer su pacto con el pueblo. Por medio de la Ley, les dio mandamientos para enseñarles cómo debían vivir delante de Él (Éxodo 19:3-6). Sin embargo, Israel se apartó repetidamente de sus caminos, y Dios levantó profetas para confrontar esa desobediencia.
Isaías llamó al pueblo a dejar de hacer lo malo y aprender a hacer el bien (Isaías 1:16-17). Jeremías advirtió que no bastaba con acudir al templo mientras se persistía en la injusticia (Jeremías 7:3-7). Ezequiel transmitió el llamado de Dios a apartarse de las transgresiones y vivir (Ezequiel 18:30-32).
Los profetas no anunciaban un mensaje para complacer a las personas, sino para comunicar la voluntad de Dios. Advertían sobre las consecuencias del pecado, denunciaban la injusticia y llamaban al arrepentimiento. Pero también anunciaban la misericordia divina y la posibilidad de volver al Señor.
Después llegó Juan el Bautista, quien preparó el camino para Jesucristo y predicó el arrepentimiento (Mateo 3:1-3). Y entonces vino Jesús, el Hijo de Dios. En el libro de Hebreos, capítulo 1, versículos 1 y 2, nos enseña que Dios habló antiguamente por medio de los profetas, pero en estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo.
Jesús anunció el Evangelio y llamó a las personas al arrepentimiento y a la fe (Marcos 1:14-15). Él es mucho más que un mensajero: es el camino, la verdad y la vida (Juan 14:6). Por medio de su muerte y resurrección, Dios nos ofrece perdón y reconciliación.
Después de que Cristo resucitó, los apóstoles continuaron anunciando este mensaje. Pablo proclamó que Dios llama a todos, en todo lugar, al arrepentimiento (Hechos 17:30), y explicó que a los creyentes se nos ha encomendado el ministerio de la reconciliación (2 Corintios 5:18-20).
¿Y qué sucede ahora? La responsabilidad de anunciar el Evangelio también nos corresponde a nosotros. Jesús encomendó a sus discípulos hacer discípulos de todas las naciones (Mateo 28:19-20). Pero aquí hay algo que debemos dejar claro; no somos nosotros quienes tenemos el poder de transformar los corazones, pero sí somos responsables de anunciar fielmente la Palabra de Dios.
El apóstol Pablo lo explicó con claridad: “Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios” (1 Corintios 3:6). Nuestra tarea es sembrar la Palabra, compartir el mensaje de Cristo, advertir sobre el pecado y llamar a las personas a reconciliarse con Dios. La conversión no se impone por la fuerza ni se produce por nuestra capacidad de convencer; es Dios quien obra en el corazón humano.
Esto no significa que debamos permanecer callados ante el pecado ni que debamos anunciar solamente aquello que resulte agradable de escuchar. Así como Dios utilizó a sus profetas para llamar a su pueblo al arrepentimiento, nosotros debemos proclamar el Evangelio con verdad, amor, mansedumbre y fidelidad a las Escrituras.
Tampoco se trata de condenar a los demás como si nosotros no necesitáramos la gracia de Dios. Se trata de reconocer que todos necesitamos a Cristo, que el pecado es una realidad y que en Jesús hay perdón, reconciliación y vida nueva.
La historia bíblica nos muestra que el mensaje no nació con nosotros. Dios habló a los patriarcas, levantó a Moisés, envió a los profetas, preparó el camino mediante Juan el Bautista, nos habló por medio de su Hijo y envió a los apóstoles a proclamar las buenas nuevas.
Hoy, esa responsabilidad continúa. Nuestra tarea no es cambiar el mensaje para hacerlo más cómodo, ni obligar a las personas a creer. Nuestra tarea es anunciar fielmente a Jesucristo, llamar al arrepentimiento y dar a conocer la salvación que Dios ofrece por medio de Él.
Dios bendiga tu vida…nos leemos en 15 días.
*Discípulo de Cristo
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