PALABRA VIVA | EL BUEN SAMARITANO, EL EVANGELIO HECHO HISTORIA
Pero si profundizamos en el contexto, descubrimos que no es solo un llamado ético; es un retrato del Evangelio mismo, Jesús lo cuenta en respuesta a una pregunta crucial: “Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?” (Lc 10:25).
“La parábola que expone nuestra condición y revela el corazón de Dios”
Isaac Félix*
La parábola del buen samaritano, narrada por Jesucristo en el Evangelio de Lucas 10:25–37, suele leerse como una enseñanza moral sobre ayudar al prójimo. Y ciertamente lo es, pues culmina con el mandato: “Ve, y haz tú lo mismo” (Lc 10:37). Pero si profundizamos en el contexto, descubrimos que no es solo un llamado ético; es un retrato del Evangelio mismo, Jesús lo cuenta en respuesta a una pregunta crucial: “Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?” (Lc 10:25).
El relato comienza con un hombre que desciende de Jerusalén a Jericó y que “cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto” (Lc 10:30). No es difícil ver allí la condición humana, pues la Escritura declara que “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro 3:23).
El hombre creado para la comunión con Dios terminó herido y despojado, no está muerto físicamente, pero espiritualmente yace incapaz de salvarse a sí mismo, pues estábamos “muertos en delitos y pecados” (Ef 2:1). Esa es la tragedia humana que necesita salvación, pero no puede producirla.
Pasan entonces un sacerdote y un levita; “viéndole, pasaron de largo” (Lc 10:31–32), cabe resaltar que ellos representaban la religión, la ley, el sistema que conoce lo sagrado pero no puede rescatar al herido. La ley puede señalar la condición del hombre, pero no restaurarlo, porque “por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Ro 3:20), puede describir la justicia, pero no impartir vida; si la justicia viniera por la ley, “entonces por demás murió Cristo” (Gá 2:21).
Y entonces aparece el samaritano…para los oyentes originales, esto era escandaloso, pues los samaritanos eran despreciados (Jn 4:9). Sin embargo, es precisamente el rechazado quien se acerca, aquí la parábola adquiere un sentido profundamente cristológico, porque también Cristo fue “despreciado y desechado entre los hombres” (Is 53:3). Él es el verdadero Samaritano.
El texto dice que “fue movido a misericordia” (Lc 10:33), es ahí donde el Evangelio nace: en el corazón compasivo de Dios, no fue el hombre quien buscó primero a Dios; fue Dios quien tomó la iniciativa. “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro 5:8). “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros” (1 Jn 4:10).
El samaritano se acerca, venda las heridas, derrama aceite y vino (Lc 10:34), esa es la imagen de restauración, de gracia aplicada a la herida abierta del pecado, el profeta lo anticipó así: “Mas Él herido fue por nuestras rebeliones y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is 53:5). No solo siente compasión, “interviene”.
Luego lo monta sobre su propia cabalgadura, el herido descansa mientras otro carga el peso. ¿No es esa la esencia de la cruz? Cristo “llevó Él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 P 2:24) y “cargó en Él el pecado de todos nosotros” (Is 53:6).
Después el samaritano lleva al herido a un mesón y paga por su cuidado: “Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese” (Lc 10:35). No promete pagar; paga, así también hemos sido rescatados “no con cosas corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo” (1 P 1:18–19). Y la obra no termina en el pago; incluye una promesa; “vendré otra vez” (Jn 14:3). El Evangelio no es ayuda temporal, es salvación completa garantizada por Aquel que prometió volver.
La pregunta inicial que provoca la parábola era: “¿Y quién es mi prójimo?” (Lc 10:29). Pero Jesús transforma la perspectiva, antes de delimitar a quién amar, “debemos reconocer que nosotros éramos el herido del camino”, pues el Evangelio no comienza con nuestro esfuerzo por amar mejor; comienza con Cristo amándonos cuando estábamos indefensos, porque “por gracia sois salvos por medio de la fe, no por obras” (Ef 2:8–9).
Solo después de haber sido levantados, sanados y restaurados por el verdadero Samaritano, podemos oír el llamado: “Ve, y haz tú lo mismo” (Lc 10:37). No como intento de ganar salvación, sino como fruto de haber sido salvados, pues somos “creados en Cristo Jesús para buenas obras” (Ef 2:10).
La historia del buen samaritano no es simplemente una lección de moralidad, es una ventana al corazón del Evangelio, el Dios que se detiene, se acerca, paga el precio y promete volver.
Dios bendiga tu vida…nos leemos en 15 días.