Opinión de
Carlos Ernesto Alvarado
QUOD DIXI DIXI | DISCIPLINA SIN RAZONES
La discusión suele quedarse en si la expulsión es válida o excesiva, pero casi nunca se hace la pregunta importante. ¿Para qué sirve la escuela?
"El estudio sin deseo estropea la memoria y no retiene nada de lo que toma". Leonardo da Vinci.
En México, un niño puede ser expulsado de la escuela por no adaptarse, por incomodar, por romper el orden. La discusión suele quedarse en si la expulsión es válida o excesiva, pero casi nunca se hace la pregunta importante. ¿Para qué sirve la escuela?
Si la escuela es un espacio de formación, excluir es reconocer un fracaso. Significa que el sistema no pudo integrar ni entender; expulsar no corrige, no transforma, no educa. Solo traslada el problema fuera del aula y devuelve la tranquilidad a la institución.
Pero si la escuela funciona como filtro, entonces todo encaja: se quedan los que cumplen, se van los que desajustan. Se conserva el orden, se facilita la administración y se manda un mensaje claro. Aquí no se viene a cuestionar, se viene a adaptarse.
Porque muchas reglas escolares no están diseñadas para explicarse, sino para obedecerse. Se repiten por costumbre, no porque alguien las haya defendido seriamente; el reglamento sustituye al argumento y la autoridad sustituye al diálogo.
Aquí es donde la filosofía deja de ser teoría. Habermas plantea que una norma solo es válida si puede justificarse frente a quien la cumple, en condiciones de igualdad; si no puede explicarse de forma razonable, entonces no es legítima. Es imposición.
Bajo esa lógica, muchas decisiones escolares quedan expuestas. No porque todas sean ilegales, sino porque pocas resisten una explicación honesta. ¿Por qué se sanciona así? ¿Qué se busca realmente? ¿Formar o simplemente controlar?
Cuando esas preguntas incomodan, aparece la respuesta más fácil. Así es el reglamento; pero un reglamento sin razones es solo poder.
La expulsión es el ejemplo más claro; debería ser la última opción, un recurso excepcional. Sin embargo, en muchos casos se convierte en salida rápida; es más fácil excluir que comprender; más rápido sancionar que acompañar; más cómodo etiquetar que educar.
El problema es que esa lógica no se queda en quien es expulsado. Se extiende a todos los demás. Los alumnos aprenden rápido que equivocarse puede costar el lugar, que incomodar tiene consecuencias y que lo importante no es entender las reglas, sino no meterse en problemas.
Esa enseñanza no aparece en los programas, pero es la que más perdura.
No se trata de eliminar la disciplina ni de justificar cualquier conducta. La convivencia necesita reglas; pero esas reglas deben tener sentido, ser proporcionales y poder explicarse. Cuando una regla termina dejando a alguien fuera del sistema educativo, lo mínimo exigible es que pueda sostenerse con razones.
La educación no es un premio por portarse bien, es un derecho, y si el sistema educativo sigue resolviendo sus límites sacando a quienes no encajan, el problema no es el alumno, es el sistema.
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