Opinión de
Carlos Ernesto Alvarado
QUOD DIXI, DIXI | EL CUMPLEAÑOS 109 DE LA CONSTITUCIÓN MEXICANA
¿Esto es la nueva Suprema Corte de Justicia de la Nación? Si lo es, entonces la igualdad jurídica se quedó afuera del teatro, esperando turno, junto con la dignidad que se proclama en los micrófonos pero no se practica en la calle.
Por Carlos Ernesto Alvarado Márquez
“No crea una Constitución los derechos y deberes sociales: no hace más que formularlos.” Antonio Aparisi y Guijarro
Venustiano Carranza habló de República, de equilibrio, de límites al poder, no habló de servidumbre ni de privilegios disfrazados de solemnidad, mucho menos de ministros tratados como figuras intocables, por eso la escena frente al Teatro de la República dice más que cualquier discurso bien ensayado, un ministro al que le limpian los zapatos antes de entrar no está conmemorando la Constitución, está celebrando la jerarquía, el símbolo torcido, el poder cómodo.
¿Esto es la nueva Suprema Corte de Justicia de la Nación? Si lo es, entonces la igualdad jurídica se quedó afuera del teatro, esperando turno, junto con la dignidad que se proclama en los micrófonos pero no se practica en la calle.
No es una discusión nueva, ni siquiera es mexicana, en 1789 ya se había dicho algo incómodo que hoy preferimos ignorar, donde no hay derechos garantizados ni separación real de poderes no hay Constitución, dos siglos después la pregunta no es teórica ni académica, es incómoda, ¿tenemos Constitución o solo un archivo que se reforma cuando estorba?, después de cientos de reformas, tantas que ya nadie puede explicarlas sin perder la paciencia, el problema no es la tinta, es la obediencia.
No avanzamos, retrocedimos, volvimos a 1837, al Supremo Poder Conservador, solo que ahora no se llama así y se presenta como virtud democrática, hoy hay un poder que funciona por encima de los tres poderes, decide cuándo la Constitución vale y cuándo se ajusta, cuándo se invoca y cuándo se ignora, ese poder no es abstracto ni accidental, tiene nombre, mayoría y discurso, se llama Morena.
No gobierna solo, define, presiona, marca el ritmo y además decide quién estorba cuando la Constitución incomoda, no necesita declararse supremo porque actúa como tal, y lo hace con la tranquilidad de quien sabe que no habrá consecuencias.
A la Constitución no le hacen falta más reformas, le urge cumplirse, le urge coherencia, menos parches y más controles reales, menos poder concentrado y más límites efectivos, derechos sociales exigibles y no promesas recicladas, y si hablamos de lo que le sobra la lista es larga, reformas al vapor, artículos inflados, lenguaje técnico que expulsa a la gente, usarla como discurso político y no como norma viva.
La Constitución no es un papel viejo ni propiedad de abogados, es un pacto mínimo para vivir con dignidad, si no frena al poder, si no protege a las personas, si no se cumple, entonces no estamos celebrando nada.
Estamos aplaudiendo el regreso elegante del autoritarismo. Con toga. Con escenario. Y con firma constitucional.
El poder hoy ya no se disimula, se exhibe, se limpia los zapatos antes de entrar al teatro y espera aplausos, el problema es que la historia ya nos contó cómo termina esa escena, y no suele haber segunda función.
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