SENTENCIA DE GÉNERO: EL RIESGO BIOLÓGICO DE SER MUJER EN MÉXICO

Ser mujer en México implica enfrentar violencia constante, feminicidios 💔 y desigualdad laboral. La lucha exige políticas con perspectiva de género ⚖️ que protejan a niñas y mujeres, garanticen seguridad y autonomía, y transformen la realidad estructural que persiste en el país.

Claudia Soto
SENTENCIA DE GÉNERO: EL RIESGO BIOLÓGICO DE SER MUJER EN MÉXICO

"Ser mujer en México es hoy un acto de resistencia heroica. No queremos felicitaciones vacías, queremos presupuestos con perspectiva de género que protejan a las niñas en sus barrios y a las mujeres en sus empleos"

En México, el género no es solo una identidad o una categoría estadística; es un factor de riesgo biológico y social que se activa desde la cuna. Nacer mujer en este territorio es heredar, desde la primera bocanada de aire, una vulnerabilidad que no se elige y que el Estado mexicano no alcanza mitigar. Este 8 de marzo, mientras las fachadas de los edificios institucionales se iluminan cínicamente de color morado, la realidad en las calles, en las casas y en los baldíos de exterminio se tiñe de un rojo que no cede. No estamos ante una crisis de seguridad fortuita, estamos frente a un sistema que ha normalizado la eliminación de las mujeres como parte de su paisaje cotidiano.

La vulnerabilidad de la mujer en México no espera a la edad adulta, nos persigue desde que somos niñas. En nuestra memoria colectiva zacatecana, sigue sangrando el caso de Sanjuanita, la pequeña de apenas nueve años que fue arrebatada de su entorno cotidiano para ser víctima de la mayor de las barbaries. El nombre de Sanjuanita no es solo un recuerdo doloroso; es el símbolo de una deuda histórica del Estado con nuestras infancias.

A Sanjuanita no solo la mató un agresor, la mató una sociedad que no pudo garantizarle que ir a la tienda o jugar fuera de casa fuera un acto seguro. Cuando el cuerpo de una niña es vulnerado, se rompe el pacto social más básico. Su caso nos recuerda que, en México, ser niña es caminar con un blanco en la espalda, y que la violencia feminicida no distingue entre la mujer que protesta en la plaza y la niña que apenas comienza a entender el mundo.

Las cifras en México han dejado de asombrar para convertirse en un ruido blanco que anestesia la conciencia colectiva. Hablar de 10 a 11 feminicidios diarios es hablar de un país que pierde una familia entera y un proyecto de vida cada 24 horas. La impunidad en casos de niñas y adolescentes es particularmente dolorosa, pues condena a las nuevas generaciones a crecer en un entorno donde su cuerpo es visto como un objeto desechable.

El peligro no habita únicamente en las sombras de una carretera solitaria, es un asedio constante y asfixiante. Es la mujer trabajadora que sale a las 5:00 a.m. a esperar el transporte y convierte su trayecto en un operativo de supervivencia. Incluso en los espacios de privilegio, el riesgo se transforma en violencia estructural. Acceder a puestos de toma de decisiones sigue siendo un campo de batalla donde se nos exige el triple de mérito por la mitad del reconocimiento. La brecha salarial del 14% y el techo de cristal son mecanismos de control que mantienen a la mujer en una posición de subordinación. Esta falta de autonomía económica es la que, muchas veces, encadena a las mujeres a ciclos de violencia de los que no pueden escapar.

Se nos ha vendido la idea de que hombres y mujeres somos complementos, pero no puede haber complemento real en la desigualdad profunda. La mirada masculina, que ha diseñado nuestras leyes y nuestras ciudades, ha fallado sistemáticamente en reconocer nuestras necesidades más básicas: la seguridad y el derecho a la vida. Necesitamos que la mirada femenina irrumpa con furia en la política pública, no como un adorno de paridad, sino como la última oportunidad de humanizar un sistema que se ha vuelto experto en administrar cadáveres y expedientes vacíos.

Ser mujer en México es hoy un acto de resistencia heroica. No queremos flores, queremos volver vivas. No queremos felicitaciones vacías, queremos presupuestos con perspectiva de género que protejan a las niñas en sus barrios y a las mujeres en sus empleos.

La "ciencia, rebeldía y locura" que nos define debe ser el motor para incendiar el silencio cómplice. Porque si el Estado no nos garantiza el derecho a existir, nosotras nos encargaremos de que el sistema no tenga paz hasta que la justicia sea una costumbre y no un milagro. Por las que ya no están y por las niñas que hoy merecen un futuro sin miedo.

Claudia Lizbet Soto Casillas

¡Felicidad, Ciencia, Locura y Rebeldía!


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