Opinión de
Claudia Soto
CIENCIA PARA LLEVAR | DONAR VIDA DESPUÉS DE LA VIDA
Durante siglos, sustituir un órgano enfermo por uno sano perteneció al terreno de lo imaginable.
Donar órganos no es una decisión sobre la muerte, sino sobre aquello que todavía puede continuar cuando nuestra vida termine.
Durante siglos, sustituir un órgano enfermo por uno sano perteneció al terreno de lo imaginable. En 1954 se realizó el primer trasplante renal exitoso en el mundo y, menos de una década después, en 1963, los doctores Manuel Quijano, Regino Ronces, Federico Ortiz Quezada y Francisco Gómez Mont efectuaron el primero en México. En 1988, un equipo encabezado por el doctor Rubén Argüero realizó el primer trasplante de corazón en nuestro país.
En México, cerca de 18 mil personas esperan actualmente un órgano o tejido. La mayor necesidad corresponde a riñones, seguida por córneas, hígado, corazón y otros órganos. Durante 2025 se realizaron 6 mil 522 trasplantes en el país, una cifra importante, pero todavía insuficiente frente a quienes continúan esperando. Detrás de cada registro hay una persona cuya vida transcurre entre consultas, tratamientos, diálisis y la esperanza de recibir una llamada.
Pero ¿qué ocurre realmente cuando alguien decide convertirse en donante?
El primer paso consiste en manifestar la voluntad mediante el formato oficial del Centro Nacional de Trasplantes —CENATRA—. Puede realizarse en línea (al final te dejo la liga) y permite obtener un documento que acredita la decisión. Sin embargo, es indispensable hablarlo con la familia. La conversación puede ser incómoda, pero evita que nuestros seres queridos desconozcan lo que queríamos.
La legislación mexicana contempla la donación expresa. Cuando una persona adulta deja por escrito su decisión de donar, esa voluntad no puede ser revocada por terceros. Si no existe una manifestación expresa ni una negativa, la donación sólo puede proceder con el consentimiento del familiar correspondiente. Por ello, dejar constancia y conversar en casa son dos acciones que se complementan.
No todas las personas que fallecen pueden convertirse en donantes de órganos. La donación depende del lugar y la causa de la muerte, del estado clínico, de la viabilidad de cada órgano y del tiempo transcurrido. Cuando en un hospital autorizado se identifica a un posible donante, el coordinador hospitalario evalúa el caso. Si existe muerte encefálica, ésta debe ser confirmada mediante estudios y por personal médico ajeno al equipo que efectuará la extracción o el trasplante.
Sólo después de certificar legalmente la muerte se considera la donación. La prioridad del personal sanitario, mientras una persona vive, es salvarla. El equipo que brinda atención al paciente es distinto del que coordina la procuración y el trasplante.
Confirmado el fallecimiento, se revisa la historia clínica, se realizan análisis para descartar infecciones o riesgos sanitarios, se determina qué órganos son viables y se informa ampliamente a la familia. Si la donación procede, se activa una coordinación contrarreloj entre hospitales, laboratorios, equipos quirúrgicos, autoridades y medios de transporte. El proceso puede durar varias horas y, cuando es multiorgánico, extenderse más; todo depende de las condiciones clínicas, los órganos disponibles y las distancias. Una vez extraídos, los órganos sólo pueden conservarse por periodos limitados —generalmente entre dos y 48 horas, según el órgano y el método de preservación—, de ahí la urgencia de cada traslado.
Con muerte encefálica pueden donarse corazón, pulmones, hígado, riñones, páncreas e intestino. También pueden aprovecharse córneas, piel, hueso, cartílago, tendones y válvulas cardiacas. En ciertos fallecimientos por paro cardiaco es posible donar algunos tejidos. En vida se puede donar un riñón, una parte del hígado y, bajo criterios médicos muy estrictos, segmentos de otros órganos.
Una sola persona donante puede salvar hasta ocho vidas y sus tejidos pueden beneficiar a más de 50. No obstante, nadie decide personalmente a quién se entregarán sus órganos ni éstos se asignan por influencias, condición económica o fama. Los comités hospitalarios y el Registro Nacional de Trasplantes consideran la gravedad del receptor, la urgencia, la compatibilidad, la oportunidad del procedimiento, los beneficios esperados, la ubicación hospitalaria y, cuando no existe prioridad médica, el orden de los registros.
Para ingresar a la lista de espera, una persona con insuficiencia de algún órgano debe ser referida a un hospital con programa autorizado. Allí se realiza un protocolo de estudios clínicos, de laboratorio y de gabinete. Un Comité Interno de Trasplantes determina si el procedimiento puede beneficiarla y, de ser candidata, solicita su incorporación al Registro Nacional. Estar inscrito no significa ocupar un turno inmóvil: la asignación cambia según el órgano disponible y la compatibilidad médica.
También conviene desmontar algunos mitos. La donación no desfigura el cuerpo ni impide realizar un funeral; la intervención se lleva a cabo con procedimientos quirúrgicos y trato digno. La edad, la diabetes o la hipertensión tampoco excluyen automáticamente: los especialistas valoran cada caso. Además, los órganos no pueden comprarse ni venderse. La Ley General de Salud prohíbe su comercio y establece que la donación debe ser altruista, gratuita y confidencial.
Donar órganos no es una decisión sobre la muerte, sino sobre aquello que todavía puede continuar cuando nuestra vida termine. Una tarjeta ayuda; una conversación familiar puede hacer la diferencia. Quizá promover esta cultura comience con una pregunta sencilla en casa, tal como: “Si algún día fuera posible, ¿estarían dispuestos a respetar mi voluntad de donar?”. Porque decirlo a tiempo también es una forma de cuidar y, eventualmente, de permanecer en la vida de otras personas.
Registro oficial: Donación voluntaria ante CENATRA
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