Opinión de
Erika Macedo
COMUNICAR Y CONECTAR | CUANDO EL DISCURSO MIENTE: EL COSTO DE ENGAÑAR A LA AUDIENCIA
La mentira, en comunicación, funciona como una grieta invisible.
En la política y en la vida pública, las palabras no son inocentes. Cada mensaje que se emite construye o destruye confianza, acerca o aleja a las personas, inspira o decepciona. Mentir en el discurso no es solo faltar a la verdad: es sembrar incertidumbre en un terreno donde debería florecer la credibilidad.
La mentira, en comunicación, funciona como una grieta invisible. Al principio parece pequeña, casi imperceptible, pero con el tiempo se expande hasta fracturar la relación entre quien habla y quien escucha. El auditorio, hoy más informado y sensible, ya no es un receptor pasivo; es un juez permanente que evalúa, compara y recuerda.
Cuando un mensaje no corresponde con la realidad, el discurso se vuelve un espejo empañado: refleja una imagen distorsionada que tarde o temprano se disipa. Y en ese momento, lo que queda no es el mensaje, sino la sensación de haber sido engañado. Esa es la verdadera consecuencia: la pérdida de confianza.
En contextos políticos, este fenómeno es aún más delicado. Las mentiras reiteradas no solo erosionan la credibilidad de una persona o institución, sino que debilitan el tejido democrático. Una ciudadanía que deja de creer también deja de participar. Y cuando eso ocurre, el silencio sustituye al diálogo, la apatía a la esperanza.
Las promesas incumplidas son otro rostro de la mentira. Son como puentes que nunca se terminan de construir: generan expectativa, movilizan emociones, pero al final dejan a las personas del mismo lado, sin avanzar. Cada promesa rota es un ladrillo menos en la estructura de la confianza pública.
Sin embargo, no todo está perdido. La comunicación también tiene el poder de reconstruir. Un discurso honesto, claro y coherente puede funcionar como un faro en medio de la niebla: orienta, da certeza y genera conexión. Decir la verdad, incluso cuando es incómoda, es un acto de respeto hacia la audiencia.
Hoy, más que discursos perfectos, la sociedad exige discursos auténticos. Mensajes que no solo suenen bien, sino que sean sostenibles en el tiempo. Porque la congruencia no se declara, se demuestra.
En este escenario, quienes aspiran a representar o liderar tienen una responsabilidad mayor: entender que cada palabra tiene peso, que cada mensaje deja huella. Mentir puede parecer una salida fácil en el corto plazo, pero es una deuda que siempre se cobra con intereses.
Al final, el auditorio no busca perfección, busca verdad. Y la verdad, aunque a veces incomode, siempre será el camino más sólido para construir confianza duradera.
*Soy comunicóloga y defensora de la verdad.
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