Opinión de
Alex Bravo
EL ESPECTADOR | ¿POR QUÉ A MÍ?
Es una situación inacabada de tal magnitud que el organismo se descubre incapaz de cerrarla. En el trauma, la energía permanece movilizada hacia una amenaza que ya no habita el presente, pero que sigue dominando la jerarquía del alma. Es como seguir escuchando los ecos de voces que se han marchado hace años; voces que, al resonar con tanta fuerza, nos impiden escuchar el murmullo del ahora.
Una interrupción violenta”
Desde la mirada de la Terapia Gestalt de Campo y la fenomenología, el trauma no es simplemente un suceso atroz, sino una interrupción violenta en la danza de la autorregulación. Es una situación inacabada de tal magnitud que el organismo se descubre incapaz de cerrarla. En el trauma, la energía permanece movilizada hacia una amenaza que ya no habita el presente, pero que sigue dominando la jerarquía del alma. Es como seguir escuchando los ecos de voces que se han marchado hace años; voces que, al resonar con tanta fuerza, nos impiden escuchar el murmullo del ahora.
Normalmente, nuestras necesidades fluyen como el agua: al hambre le sigue el alimento; al sueño, el descanso. Sin embargo, el trauma congela esa jerarquía. De pronto, el orden se desvanece y la flexibilidad se pierde.
El organismo, en un acto de supervivencia extrema, decide que la amenaza es permanente y no permite que ninguna otra figura asuma la dominancia. El trauma es, en esencia, una fijación de la mirada: es el instante en que dejamos de habitar el “ahora" porque estamos ocupados sobreviviendo a un “allá y entonces” que nunca terminó de morir.
Ante esta fijación, brota inevitablemente el grito: “¿Por qué a mí?”
Al lanzar esa pregunta, no buscamos una causa científica o un dato clínico; buscamos un sentido. Gilles Deleuze nos recuerda que vivimos bajo el espejismo de un “sentido común” que nos hace creer que el mundo es predecible, que las cosas ocurren bajo una lógica de merecimiento. El “¿por qué a mí?” es el reconocimiento de que ese orden se ha roto. El trauma es un acontecimiento que no cabe en nuestras casillas previas; es un intento desesperado del pensamiento por integrar aquello que, por naturaleza, es inasimilable.
En su ensayo: Lógica del sentido, Deleuze retoma la sabiduría estoica: el acontecimiento no es el golpe en sí, sino algo incorpóreo que se desprende de él. Mientras el “¿por qué a mí?” suele nacer del resentimiento y la culpa, Deleuze nos propone una transmutación: dejar de buscar la falta en el pasado para volvernos “dignos” de lo que nos ocurre. Ser digno del acontecimiento es dejar de ser la víctima pasiva del azar para convertirnos en el lugar donde ese evento cobra un sentido único. La pregunta transmuta su peso: deja de ser una causa paralizante para volverse potencia.
Dice Deleuze que mi herida existía antes que yo, como una posibilidad del mundo que simplemente eligió mi cuerpo para encarnar.
El “¿por qué a mí?” es el choque entre nuestra identidad pequeña —nuestros nombres, planes e historias— y una fuerza impersonal del universo que nos ha atravesado. Al preguntar esto, nos situamos en el umbral: comprendemos que no somos una identidad estática, sino seres capaces de transformarse, precisamente, a través de la grieta.
Deleuze nos revela que existen sucesos que no dejan rastro en el exterior, que no quiebran nada visible, pero que engendran una fisura interna imperceptible. Esa pregunta, “¿por qué a mí?”, es el sonido de esa grieta expandiéndose en el silencio del ser.
Para él, solo se piensa de verdad cuando algo se rompe. No nos lanzamos a ese cuestionamiento cuando la vida fluye sin resistencia; y si lo hacemos, carece de la vibración desesperada de quien ha convertido la pregunta en un rezo constante, en un eco de lo vivido. Ese “¿por qué a mí?” es el motor de un pensamiento que ha abandonado la superficie. Es el nacimiento de una búsqueda que nos obliga a despojarnos de las respuestas fáciles y a edificar una filosofía propia, una verdad parida por la necesidad y no por el ocio académico.
El desafío no consiste en hallar una respuesta que consuele —pues el «por qué» cósmico es un vacío inexistente—, sino en aprender a habitar la herida. El reto es transitar de tal forma que no nos destruya, sino que nos singularice: que nos convierta en esa versión única de nosotros mismos que sólo pudo nacer a través del desgarro.
*Análisis Existencial
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