Opinión de
Sergio Ríos Sandoval
El caminante errante | Cirilo
El caminante errante | Cirilo
“…Llegué a la casa de los papás de ella, toqué fuerte a la puerta y me abrió la puerta ella, Refugia. ¡Qué desilusión más grande me llevé!...”
Sergio Ríos Sandoval*
Conoce las historias de La tiendita de don Fede en el pueblo Santa Rosa de los Ríos, una serie de cuentos cortos que nos presenta Sergio Ríos Sandoval.
La Tiendita de “Don Fede” en el pueblo, Santa De los Ríos.
-Don Fede, deme, de favor, una buena botella de mezcal. Hoy me voy a emborrachar de a güenas.
-A ver si te gusta esta, Cirilo, parece que te estaba esperando: esta es una de las botellas que le dejaron a mi tata aquellos de la bola cuando se acabó la Revolución. ¡Qué tiempos!
-Échela pa aca. Ah, pos sí que está buena, no sabe cómo las demás a puro cuero podrido.
-¿Cuándo llegaste, Cirilo?
-Por buey regresé antenoche. Tenía hartas ganas de verla a la condenada, todo este tiempo que anduve lejos de mis raíces, lejos de este olor a rancio. Aquí todo está rancio, Don Fede, rancio como el amor que le tenía a la Refugia.
-¿Cómo que el amor que le tenías a la Refugia?, ¿a poco ya no la quieres?
-Pos, quererla a lo mejor sí, pero a lo mejor no.
-No te entiendo muchacho, háblame más claro.
-Es que, cuando me fui, me la llevé en mi cabeza, en mi nariz, en mis ojos, en la piel. Su simple recuerdo era algo que me ponía feliz, nomás de imaginarme tenerla en mis brazos otra vez. Cada día de tantos que pasaban, la extrañaba y necesitaba más. En las poquitas cartas que nos mandamos nos decíamos palabras de amores que hacían revivir cosas que uno siente aquí, dentro del pecho.
Allá en el norte miraba unas mujeres bonitas, pero nadie se comparaba con el recuerdo que yo tenía de mi Refugia, hasta sus modos los extrañaba mucho. ¡Qué difícil fue separarme de ella!, me dolió más separarme de ella que la muerte de mi madre, no podía imaginarme mi vida sin ella, sin su presencia. Trabajaba hartas horas al día, con tal de ya no recordarla.
Y ahora que llego, contento, emocionado, lleno de ilusiones, queriendo hacer esto, aquello y lo otro con mi Refugia, con intenciones de casarme con ella por todas las leyes, de ser marido y mujer, tener hijos y no separarnos... Llegué a la casa de los papás de ella, toqué fuerte a la puerta y me abrió la puerta ella, Refugia. ¡Qué desilusión más grande me llevé!
Se sorprendió y se sorprendí. Ya no me gustó. No sé qué me pasó, no sé qué nos pasó: ella ya no era la misma o yo ya no era el mismo. O nos cayó la maldición de este pueblo, pero no me dieron ganas de estar con ella. Todo el pueblo de Santa Rosa de los Ríos sabía que yo vendría algún día y que cuando viniera me iba a casar con mi Refugia. Todos sabían, porque yo me pasé mucho tiempo amenazando a todos, diciéndoles que pobres de ellos que anduvieran tras de la Refugia cuando no estuviera, porque les iba a ir muy mal.
Ahora que la vuelvo a ver ya hasta ni su olor me gusta. No me gusta estar con ella, no me gusta nada, ni siquiera un poco.
Ahora viene a casarme, y aunque no quiera, lo voy a hacer, no me importa que ya no quiera a la Refugia. Por mi culpa ella no se agarró a nadie, y ni modo de dejarla sola. Que le vamos a hacer don Fede.
Me voy a llevar esta botella pal camino. Tenga, cóbrese y quédese con el vuelto, vamos a seguir siendo infelices.
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