Prevención embarazo temprano
Alex Bravo Opinión de Alex Bravo

EL ESPECTADOR | ALPES SUIZOS

La manera en como se elevan como un gran altar de piedra de Europa, me hace imaginar que existe un reino donde la Tierra parece querer tocar lo divino.

“Azul Zafiro”


Los Alpes suizos son una porción de la cordillera de los Alpes que se encuentra dentro de Suiza. Aunque el país solo ocupa aproximadamente un cuarto del porcentaje de la superficie total de los Alpes, esta región es famosa mundialmente por albergar algunos de los paisajes montañosos más espectaculares, junto con los picos más altos y glaciares más grandes de Europa.

La manera en como se elevan como un gran altar de piedra de Europa, me hace imaginar que existe un reino donde la Tierra parece querer tocar lo divino. Sus paisajes montañosos son un lienzo de contrastes brutales y sublimes: valles de un verde encendido, custodiados por bosques de abetos que guardan el silencio, y que se transforman de golpe en desiertos de roca viva, hielo y un aire tan puro que alimenta de frío mis pulmones.

Las estrellas brillan tanto que se siente como si pudieran ser tocadas con las manos. Y al amanecer, la luz rasga las cumbres con destellos dorados, mientras que al crepúsculo, las montañas se tiñen de un rosa místico, como si las rocas recordaran el calor del fuego primitivo que las formó.

En este anfiteatro de titanes, los picos más altos se alzan con una soberbia silenciosa. El Cervino no es solo una montaña; es una pirámide perfecta tallada por el viento y el tiempo, una aguja solitaria que desafía al cielo y magnetiza la mirada de todo aquel que la contempla. Más allá, el macizo del Monte Rosa despliega la altivez de su Dufourspitze, el techo de este mundo helado, una fortaleza de roca y nieve que contempla el continente desde su trono de nubes. Y en el corazón del Oberland, el Eiger, el Mönch y la Jungfrau forman una tríada sagrada; sus paredes verticales son murallas imponentes donde la roca desnuda se encuentra de frente con el abismo.

Es sobrecogedor imaginar que la mirada de estos gigantes descansa sobre los glaciares, los verdaderos guardianes del tiempo. Son ríos de hielo perpetuo, colosos azules y blancos que avanzan con una lentitud milenaria, esculpiendo las entrañas de las montañas. El indómito Glaciar de Aletsch se despliega como una inmensa autopista de cristal, una lengua helada que serpentea entre las cumbres, recordándome aquella era en que la Tierra era solo nieve y silencio.

Mi piel se eriza y el cuerpo se me llena de vida. Me maravilla cómo, en cada una de sus grietas profundas, el hielo brilla con el destello de un azul zafiro. ¿Cómo es posible que esta pureza no tenga el precio del oro o de los diamantes? Si ante mis ojos se revela un color tan antiguo como el mundo, custodiando el agua sagrada que mañana dará vida a estos valles.

Se quiebra mi concentración.

Un destello ajeno irrumpe en mi mirada: un hombre cruza su pantalla frente a mis ojos, mientras otros se abalanzan, empujándome, desterrándome de mi propio espacio. Ya no queda lugar para el espectador puro; la experiencia ha sido secuestrada por el ansia del instante capturado. Todos quieren poseer el ahora a través del un celular.

Son multitudes que se aglomeran, peregrinos de lo digital que se asombran más ante el reflejo congelado en sus pantallas que ante la milagrosa e efímera belleza que respira frente a nosotros. Este santuario de la naturaleza, sin duda, perdurará en el tiempo; pero mi manera de mirarlo hoy no merece quedar atrapada en una postal teñida de hipocresía.

Me resisto a marcharme, aunque sé que, de quedarme, el impulso me llevaría a ahuyentar a la marea humana. Quizás los templos naturales ya no reclaman nuestra presencia; tal vez solo suplican nuestra ausencia. ¿Acaso sea en la distancia, y en el silencio de nuestro retiro, donde aprendamos al fin a valorar su verdadera inmensidad?


*Alex Bravo.

Análisis Existencial


Comparte esta nota:

Noticias Relacionadas