MES DEL TESTAMENTO
Alex Bravo Opinión de Alex Bravo

EL ESPECTADOR | LOS TLALOQUES

No para de llover. ¿Cuánto tiempo llevamos así? ¿Una semana, dos?

“¿cómo habitar el mundo sin agotarlo?”


No para de llover. ¿Cuánto tiempo llevamos así? ¿Una semana, dos? Siento que en todo este trayecto apenas he visto pequeños destellos de sol, acaso uno par. A pesar de la penumbra, me agrada caminar bajo la lluvia. Siempre que sea ligera, fría y venga acompañada por una brisa suave, consigue relajarme y me dispone, al regresar a casa, a preparar un café bien caliente para acompañarlo con galletas.


Observando el fondo oscuro dentro de la taza, recordé una imagen que vi en redes sociales: aparecía Tláloc afirmando que sus niños no se quedarían sin agua. Aquella ilustración me devolvió un relato que solían contar los abuelos, donde los encargados de traer la lluvia no eran divinidades distantes, sino trabajadores incansables que operaban en equipo desde las cuatro esquinas del cosmos.


Se trataba de los Tlaloques, los servidores de Tláloc y guardianes de los rumbos del universo (Norte, Sur, Este y Oeste), cada uno vinculado a un color y a un viento particular. Habitaban en los puntos cardinales del mundo, pero la pregunta es: ¿cómo hacían llegar la lluvia hasta nosotros?


Tláloc custodiaba cuatro grandes vasijas en las alturas de los montes, en el Tlalocan. Cada recipiente contenía un tipo distinto de agua: una traía el riego fértil que hace germinar el maíz; otra, las plagas; la tercera, las heladas; y la última, las sequías destructivas. Viendo la insistencia de estos días, cabe preguntarse qué tipo de vasija estarán vertiendo ahora sobre nosotros.


La tradición narra que los Tlaloques tomaban esos recipientes y los golpeaban con bastones de madera sobre las nubes para liberar el líquido. Resulta un contraste fascinante: mientras para la mitología nórdica el trueno era el choque del martillo de Thor contra el yunque, en estas tierras precolombinas el retumbo del cielo no era otra cosa que el eco del barro rompiéndose en las alturas. Aquellas vasijas no se destruían definitivamente; respondían a un ritual continuo en el que los servidores vertían o percutían el barro según las órdenes de Tláloc.


Es prodigioso cómo la imaginación humana ha creado mitos para interpretar los fenómenos del mundo y explicarse lo que le acontece. Ahora, mientras contemplo la ventana y suspiro tras dar un sorbo al café acompañado de unas galletas de chocolate, me gusta imaginar que esta llovizna intermitente —que trae serenidad y un ligero sopor— es el agua que se escurre mansamente por la grieta de alguna de esas vasijas en el cielo.


Sin embargo, esta insistente llovizna de unos cuantos días no alcanza a tapar la paradoja en la que estamos inmersos. Hoy, gran parte de nuestro territorio se desquebraja bajo el peso de sequías prolongadas, presas vacías y acuíferos exhaustos. La vasija que parece haberse volcado de forma permanente en los últimos años sobre nuestras tierras no es la del agua fértil, sino la del desierto y la carestía, dejando al desnudo cómo el modelo de desarrollo contemporáneo ha roto el pacto sagrado con los ciclos naturales.


Los antiguos comprendían que el agua no era una mercancía infinita de extracción, sino un bien bendito sujeto a un delicado equilibrio ético entre la tierra y la comunidad. Al desacralizar el líquido y reducirlo a un recurso explotable al límite de su agotamiento, hemos roto la vasija por nuestra propia mano. Quizá por eso, cuando la lluvia por fin cae en estos días de tormenta y humedad, el alivio viene acompañado de una advertencia silenciosa: la naturaleza no nos debe su abundancia, y la verdadera tragedia no es que los Tlaloques se hayan olvidado de nosotros, sino que nosotros hayamos olvidado cómo habitar el mundo sin agotarlo.


Ojalá mañana amanezca despejado. No me agrada conducir bajo la lluvia. Disfruto caminar, correr por los cerros e incluso acampar a la intemperie; pero cuando estoy al volante y el agua ciega el parabrisas, me siento expuesto a una fragilidad innecesaria.


Y ustedes, ¿qué mito o leyenda recuerdan sobre el origen de las lluvias?



*Análisis Existencial


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