Opinión de
Alex Bravo
EL ESPECTADOR | UN ESPECTADOR
Era un espectador del Ser-con, alguien presente físicamente pero ausente en el proyecto del grupo. Hasta que un día, el azar —o la ausencia de otro— le abrió un umbral. Al faltar un guardián para la meta, lo invitaron a pasar.
“Ser-con”
En el patio de una escuela, el recreo dicta su propio tiempo. Durante meses, un niño habitó la frontera del juego: se mantenía al costado de la cancha, mirando cómo sus compañeros tejían el mundo a través del balón. Era un espectador del Ser-con, alguien presente físicamente pero ausente en el proyecto del grupo. Hasta que un día, el azar —o la ausencia de otro— le abrió un umbral. Al faltar un guardián para la meta, lo invitaron a pasar.
Ese niño no solo entró a la cancha; entró al mundo. Al calzarse los guantes, su identidad se transmutó: ya no era el solitario del receso, sino el profesional, el protector, el felino. Brincaba de un lado a otro con una sonrisa que no era solo un gesto, sino la luz de quien se sabe incluido. Cuidaba los cuatro ángulos de su portería como quien protege a un ser querido, porque en ese espacio “a la mano” (Zuhandenheit), él era la posibilidad de la victoria.
Pero el orden cotidiano es implacable. El portero «oficial» regresó y el niño fue desplazado. Intentaron reubicarlo en el campo, pero su cuerpo ya no encontraba el sentido. En la delantera, el balón no llegaba; en la defensa, su espalda no reconocía el peligro. El juego se volvió tedioso y el niño terminó por abandonar la cancha. Solo, bajo una mirada que nadie le otorgaba, comenzó a llorar.
¿Somos solo herramientas del proyecto ajeno?
Para Heidegger, no somos objetos aislados que “ocupan” un lugar, sino que nuestra existencia es fundamentalmente espacial; habitamos un mundo compartido. Sin embargo, en la cotidianidad, las personas a menudo aparecen como algo «a la mano», valoradas solo por su utilidad dentro de una tarea. El niño, para el equipo, no era un compañero, sino una función: el hueco que debía llenarse para que el juego no se detuviera.
La exclusión ocurre cuando el rendimiento técnico sustituye al encuentro humano. Al regresar el jugador titular, el niño deja de estar “a la mano” y pasa a estar “ante la mano” (Vorhandenheit). Se vuelve un objeto que estorba, alguien que “está ahí” pero cuyo ser ya no encaja en la norma del éxito. El espacio del fútbol, que antes era una “región” de apertura y hogar, se cierra de golpe, volviéndose hostil.
El grito de aliento que antes lo encendía se apaga. Bajo el estándar de la eficacia, el niño deja de ser el portero heroico para convertirse en un “alguien” que no cumple la norma. En ese instante, posiblemente experimenta la angustia heideggeriana: la fragilidad de un mundo donde la pertenencia está condicionada a lo que uno hace y no a lo que uno es. Tras haber probado la calidez del grupo, el niño se descubre, una vez más, arrojado a la intemperie de su propia soledad.
Análisis Existencial
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