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Mariano Tello Opinión de Mariano Tello

ESCRITORIO DIGITAL | EL FIN DE LA REALIDAD

“Nada es real.” - John Lennon (de Strawberry Fields Forever) 

El fin de la realidad

Estoy muy cerca del escenario cuando las luces se apagan. Inicia una guitarra haciendo un riff y la gente grita de la emoción. Todos están a la expectativa. Aparecen tres siluetas difusas en el escenario y el vocalista empieza a cantar. Más gritos de todos nosotros. Estamos esperando el momento. Se levanta finalmente la cortina y podemos verlos. Él aparece en las pantallas gigantes. Todos somos felices por volverlo a ver. Ahí está Gustavo Cerati tocando en vivo.... Aunque hace 11 años que falleció.

Mi sueño hecho realidad, de poder volver a ver a uno de mis músicos favoritos, aunque él no es real. Pero la experiencia lo es.

La barrera entre lo que es y no podía ser ha sido borrada por la tecnología.

Durante décadas pensamos que la realidad era un terreno firme, delimitado por lo físico, lo tangible, lo verificable. Algo ocurría o no ocurría. Alguien estaba o no estaba. Vivíamos en un mundo donde la evidencia tenía peso, donde la presencia implicaba existencia.

Lo que acabo de vivir —ese concierto imposible— no es una alucinación, ni un recuerdo, ni un malviaje. Es una construcción precisa, sofisticada, diseñada con inteligencia artificial, modelado 3D, datos históricos, voz clonada y una ejecución técnica impecable. Hasta en algún momento entre canciones y apagar las luces, se ve un técnico caminar y cambiarle a Cerati su guitarra eléctrica por una acústica. Y yo me esforzaba por ver si en algún momento la voz no coincidía con su boca, si sus acordes se veían falsos, o si en algún momento le aparecían 6 dedos. Nunca sucedió.

¿Importa entonces que no sea real? La respuesta instintiva es sí. Debería importar. Pero en el momento, rodeado de miles de personas que gritan, cantan y lloran, esa pregunta pierde fuerza. Porque lo que sentimos no es una simulación. Es una emoción auténtica frente a un estímulo artificial.

Durante mucho tiempo creímos que la mentira debía parecer verdad para engañarnos. Hoy, la mentira puede ser mejor que la verdad. Puede ser más nítida, más perfecta, más ajustada a nuestros deseos. No necesita ocultarse: puede presentarse abiertamente como una recreación… y aun así ser preferida.

Estamos entrando en una era donde el espectáculo compite contra la realidad con versiones optimizadas de sí misma.

Un político puede no haber dicho algo, pero existirán videos donde sí lo dice. Una persona puede no haber estado en un lugar, pero habrá evidencia visual de que sí. Una conversación puede no haber ocurrido, pero alguien podrá reproducirla con exactitud inquietante.

Ya no se trata de distinguir lo verdadero de lo falso. Se trata de decidir qué estamos dispuestos a creer. El problema no es tecnológico, es epistemológico. Hemos roto el acuerdo implícito sobre cómo construimos la verdad. Antes, la realidad era el punto de partida; ahora, es solo una versión más dentro de un menú de posibilidades.

Y cuando todo puede ser generado, editado, replicado o mejorado… la realidad deja de ser un límite.

Se convierte en una opción.

Volviendo a ese concierto, salgo con una sensación extraña. Me he emocionado durante hora y media, aunque faltó un algo para empujarlo más allá. Tal vez la sospecha de que no necesito que sea real para que sea valioso. Si puedo emocionarme con una versión artificial, si pudieron llenar el recinto con recuerdos reconstruidos, si podemos preferir lo simulado a lo vivido… entonces, ¿qué lugar le queda a la realidad?

Tal vez estamos presenciando su final.

No porque desaparezca.

Sino porque ha dejado de ser indispensable.

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