Opinión de
Norma Leticia España
PERSPECTIVA | GRUPO VOCES | LA VIOLENCIA QUE NO SIEMPRE DEJA MARCAS, PERO SÍ CARRERAS ROTAS
🏫📚 "Una institución verdaderamente comprometida con el conocimiento 🧠 también debe reconocer la dignidad 🤍 de quienes lo producen 🌱."
Cuando pensamos en la violencia, casi siempre la asociamos con agresiones físicas, insultos o situaciones evidentes de acoso y hostigamiento. Sin embargo, existe otra forma de violencia mucho más silenciosa, que en la mayoría de los casos no se documenta, y con frecuencia es ignorada. Me refiero a la violencia relacional o agresión relacional. Esa violencia que excluye, sin gritar.
De acuerdo con la UNESCO (2024), la violencia en entornos educativos no se limita a las agresiones físicas. También refiere formas de violencia psicológica, discriminación, intimidación y exclusión que afectan el bienestar, la permanencia y el desarrollo de quienes forman parte de las comunidades educativas.
Si hablamos específicamente de espacios universitarios, solemos concentrar nuestra atención –con justa razón– en la calidad educativa, el fortalecimiento de la investigación, mejorar la productividad e incrementar la innovación educativa. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar la calidad de las relaciones humanas que sostienen a esas mismas instituciones ¿Cómo conviven quienes enseñan, investigan y toman decisiones? ¿Qué dinámicas de poder se construyen entre colegas?
La respuesta no siempre resulta cómoda, porque es precisamente en los espacios donde conviven personas con intereses, jerarquías y trayectorias diversas donde pueden surgir relaciones de poder que, cuando se utilizan para excluir o controlar, terminan reproduciendo formas de violencia relacional.
No hablamos de agresiones abiertas ni de conflictos evidentes. Hablamos de prácticas sutiles, persistentes y sistemáticas que buscan aislar, debilitar la confianza, invisibilizar las aportaciones o limitar las oportunidades de desarrollo profesional de una persona.
Esta violencia rara vez hace ruido. Se manifiesta cuando una profesora deja de ser convocada a reuniones donde se toman decisiones importantes; cuando su nombre desaparece de proyectos en los que participó; cuando sistemáticamente se le excluye de redes de colaboración, se minimizan sus aportaciones o se difunden rumores para desacreditar su trabajo. En ese momento, no hay gritos, amenazas ni confrontaciones abiertas. Hay algo mucho más difícil de identificar: un silencio organizado.
Quizá lo más complejo de este tipo de violencia es que suele disfrazarse de normalidad bajo la llamada “política universitaria”. Se justifican bajo expresiones como: “así funciona la academia”, “no todos pueden participar”, “tu no has trabajado conmigo y por eso no te doy carga académica”, “no es parte de mi equipo”. Bajo esta narrativa, decisiones que aparentan ser administrativas terminan convirtiéndose en mecanismos de exclusión que erosionan y debilitan la esencia misma de la comunidad universitaria.
Existen, además, expresiones particularmente sutiles que afectan de manera diferenciada a muchas mujeres académicas.
Todavía persiste la idea de que el reconocimiento profesional de una investigadora puede explicarse por la persona con quien comparte su vida y no por su propia trayectoria. Así, una relación de pareja deja de ser un asunto estrictamente personal para convertirse injustificadamente, en un criterio de valoración profesional.
Es entonces cuando aparecen comentarios que difícilmente quedarían plasmados en un documento institucional, pero que circulan en conversaciones de pasillo o en reuniones informales: “tiene el privilegio de ser esposa de…”, “seguramente está ahí por él”, “es mejor no incluirla porque es pareja de…”, “no puede evaluar objetivamente por que seguro le dará la razón a su pareja” “votará igual que su pareja”.
Detrás de estas expresiones existe un prejuicio profundamente arraigado: asumir que una mujer no es capaz de construir una identidad profesional propia ni de separar su vida personal de su ejercicio académico. Se pone en duda su autonomía intelectual, su criterio y su ética profesional antes incluso de valorar su trayectoria, su experiencia o sus resultados.
Lo más revelador es que ese mismo juicio rara vez se aplica con la misma intensidad cuando la situación ocurre en sentido inverso. Con frecuencia, los logros de las mujeres siguen interpretándose a partir de las relaciones que mantienen y no exclusivamente de sus capacidades. El problema no es la existencia de una relación personal; el problema es el prejuicio con el que esa relación se interpreta. Y ese prejuicio puede ser reproducido tanto por hombres como por mujeres. La violencia, en este caso, no tiene género; tiene prácticas, estereotipos y estructuras que la sostienen.
No se cuestiona el currículum. Se cuestiona la autonomía. Y esa diferencia es fundamental.
La propia UNESCO advierte que los estereotipos de género continúan condicionando las trayectorias profesionales y las oportunidades de liderazgo de las mujeres dentro de los sistemas educativos. Muchas veces estos sesgos operan de manera implícita, influyendo en el reconocimiento del mérito, el acceso a espacios de decisión y las posibilidades de desarrollo.
La acumulación de estas “pequeñas” violencias termina teniendo un enorme costo, tanto para las personas como para las instituciones. Deteriora la confianza, inhibe la colaboración, desincentiva la innovación y empobrece la producción de conocimiento. Una comunidad donde predomina la exclusión difícilmente puede convertirse en un espacio de pensamiento verdaderamente libre.
Paradójicamente, las instituciones encargadas de formar pensamiento crítico pueden llegar a reproducir prácticas sustentadas en prejuicios, relaciones de poder y exclusiones silenciosas.
La excelencia académica no depende únicamente del número de publicaciones, de los proyectos financiados o de los indicadores institucionales. También depende de la capacidad de construir comunidades donde el reconocimiento se otorgue por el mérito y no por las afinidades; donde las diferencias no se conviertan en mecanismos de exclusión y donde la vida privada de las personas nunca sea utilizada para cuestionar su integridad ética o profesional.
Quizá la violencia más difícil de combatir sea aquella que aprendimos a normalizar. La que nunca levanta la voz. La que simplemente deja de incluir.
Nombrarla es el primer paso para transformarla.
Porque una institución verdaderamente comprometida con el conocimiento también debe estar comprometida con la dignidad de quienes lo producen.
*Coordinadora de Investigación en Unión Mujer A.C
Integrante del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII)
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