Opinión de
Alex Bravo
EL ESPECTADOR | PANEM ET CIRCENSES
Mientras la mayoría se ilusiona y guarda la eterna esperanza del “quinto partido”, el mundo parece haberse detenido para ignorar los delitos y las crisis que, hasta hace apenas dos semanas, eran noticia nacional.
“El circo”
Es interesante cómo un partido de fútbol puede alimentar la esperanza de toda una nación, pero sorprende aún más la facilidad con la que un evento deportivo se convierte en un instrumento de uso político. Mientras la mayoría se ilusiona y guarda la eterna esperanza del “quinto partido”, el mundo parece haberse detenido para ignorar los delitos y las crisis que, hasta hace apenas dos semanas, eran noticia nacional.
Hace casi dos milenios, el poeta satírico romano Juvenal acuñó la célebre frase panem et circenses (pan y circo) para denunciar la decadencia de sus conciudadanos. Explicaba que, en el pasado, el pueblo participaba activamente en la vida pública, elegía a sus gobernantes y se preocupaba genuinamente por el destino de la República. Sin embargo, al consolidarse el Imperio, los césares descubrieron una fórmula infalible para evitar revueltas y perpetuarse en el poder:
El pan (panem): La distribución gratuita de trigo para que nadie pasara hambre extrema.
El circo (circenses): El entretenimiento masivo y violento a través de carreras de cuadrigas y luchas de gladiadores.
Al ofrecerles el estómago lleno y la mente ocupada, los gobernantes lograban que los ciudadanos cedieran sus derechos políticos y su pensamiento crítico a cambio de una comodidad superficial.
Siglos después, la fórmula se implementa con el mismo peso y la misma efectividad. En el México actual, se distribuyen los apoyos del bienestar y, simultáneamente, se abraza la oportunidad de atestiguar un Mundial. Aunque la selección gane con el mínimo resultado, el liderato de su grupo mantiene viva la ilusión. Si nos detenemos a analizar este fenómeno con mayor profundidad, la frase de Juvenal describe un mecanismo perfecto de alienación y anestesia existencial. Funciona porque apela a la ley del menor esfuerzo: siempre es más fácil dejarse llevar por el estímulo inmediato y el confort que asumir la angustia y la responsabilidad de pensar por uno mismo, cuestionar a la autoridad o comprometerse con el entorno. El “circo” actúa como un distractor que adormece la conciencia individual y colectiva; una evasión que no engrandece al ser humano, sino que lo desconecta de su realidad.
Hoy, muy pocos recuerdan la cruel cotidianidad del país: los pueblos originarios desplazados de sus tierras por grupos criminales, la desaparición forzada, el maltrato infantil o la violencia sistemática que sufren las mujeres. En este momento de euforia, parece que no es prioritario apoyar a las madres buscadoras ni exigir justicia por quienes han sido acusados injustamente solo para simular que la ley se cumple. Resulta más relevante consumir la historia de motivación y superación de cada futbolista.
Bajo esta misma lógica selectiva, llama la atención cómo las narrativas oficiales se acomodan según conviene: a la madre de un portero de cierta nación se le concede una visa humanitaria estadounidense para que puedan estar juntos —un gesto ampliamente difundido como un milagro deportivo—, mientras que a otros jugadores y árbitros se les restringe el visado por el simple hecho de pertenecer a un Estado que no es del agrado de la potencia anfitriona.
Panem et circenses representa la vigencia de una estrategia de manipulación deliberada: ofrecer satisfacción a las necesidades más básicas y superficiales del ser humano para evitar que despierte a sus dimensiones más elevadas, como la libertad, la justicia, la verdad y el pensamiento crítico. Es, en última instancia, el arte de mantener a una sociedad lo suficientemente alimentada para no rebelarse, y lo suficientemente distraída para no pensar.
Esta estrategia del “pan y circo” intenta reducir al ser humano a un animal biológico: bajo la premisa de que si tiene el estómago lleno y los ojos ocupados, debería estar satisfecho. Sin embargo, Albert Camus defiende que el ser humano jamás se conforma únicamente con la supervivencia material. En El hombre rebelde, Camus estudia cómo y por qué nos levantamos contra la opresión, dejando una premisa implícita en toda su obra: la justicia y la libertad son indisolubles.
El esclavo que se rebela no lo hace únicamente porque le falte el pan; se rebela en el instante en que toma conciencia de que se está vulnerando algo sagrado en él: su dignidad y su libertad. ¿Algún día seremos más los que saldremos a las calles a reclamar por nuestros derechos? Imaginemos a toda esa multitud que hoy celebra a la nación, demandando en su lugar un país donde al campesino se le reconozca y se le trate con respeto. Un país donde se exija el cuidado de las especies naturales y de los recursos que, día con día, están siendo mutilados por nuevos fraccionamientos y empresas extranjeras.
Debo confesar que ya me cansé de que, por todos lados, la única noticia sea el Mundial. Tener que aceptar el “pan” del gobernante a cambio del silencio es, para Camus, una forma de sumisión que niega rotundamente la condición humana. La verdadera justicia no es una dádiva que se recibe pasivamente para callar la boca; es un derecho que se ejerce activamente. Aunque hoy, y durante los siguientes meses, parezca que la sociedad elige el silencio.
*Análisis Existencial
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