Claudia Soto Opinión de Claudia Soto

¿QUÉ SIGNIFICA SER PADRE HOY?: UN ANÁLISIS SOCIAL DE LA FIGURA PATERNA EN EL MÉXICO CONTEMPORÁNEO

"Vaya nuestro reconocimiento 👏 a los padres 👨‍👧‍👦 que crían desde la ternura cotidiana 💙, a los que sostienen el hogar 🏡 con el corazón fragmentado por la distancia geográfica 🌎💔, y de manera muy especial, a los padres que hoy no celebran, sino que buscan 🔎🕊️".

Celebrar el Día del Padre desde las ciencias sociales exige despojarnos del romanticismo mercantil para adentrarnos en un análisis crítico, riguroso y humano de cómo se ha configurado, fracturado y resignificado la masculinidad protectora a lo largo del tiempo. La paternidad no es un absoluto biológico; es una construcción cultural en constante tensión que hoy, en nuestro complejo contexto nacional, se debate entre la evolución afectiva y el sacrificio más descarnado. Para dimensionar su verdadero peso, es necesario cruzar la historia, la antropología y la cruda estadística de un país que obliga a sus hombres a ejercer el cuidado desde las fronteras más extremas de la existencia.

Para entender las crisis y las potencias de la paternidad contemporánea, debemos hacer una necesaria arqueología de su rol. Históricamente, desde la rigidez de la Grecia espartana, donde los progenitores debían entregar a sus hijos de siete años al Estado para ser convertidos en armas de guerra, pasando por la figura omnipotente del pater familias en el Imperio Romano, quien poseía el derecho legal sobre la vida y la muerte de su descendencia (patria potestas), hasta la posterior consolidación de la era industrial, las sociedades estructuraron un prototipo masculino estrictamente utilitario.

Estudios contemporáneos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) sobre masculinidad y salud mental demuestran que este arraigado mandato de autosuficiencia y represión emocional correlaciona directamente con menores índices de atención médica preventiva y una menor esperanza de vida.

Hablando de desgaste físico y emocional, en la geografía de nuestro estado y de nuestro país, es imposible analizar este día sin poner sobre la mesa la herida de la migración. Aquí, la paternidad se vive de manera colectiva bajo la dolorosa paradoja del padre migrante. Hablamos de hombres que se vieron obligados a tomar la decisión de  abandonar su tierra, su zona de confort y su seguridad emocional para cruzar fronteras en busca de las oportunidades que permitieran construir un mejor futuro para sus hijas e hijos.

Ejercer la paternidad a miles de kilómetros de distancia es un ejercicio de resiliencia monumental y doloroso. De acuerdo con datos del Consejo Nacional de Población (CONAPO), las remesas que sostienen a millones de hogares mexicanos provienen, en un alto porcentaje, de jefes de familia que viven en condiciones de vulnerabilidad laboral en el extranjero.

Significa amar, educar y proveer desde el desierto de la ausencia física. Estos padres pagan un arancel emocional altísimo, pues se pierden los primeros pasos de sus hijos, sus primeras palabras, las enfermedades, éxitos escolares y las graduaciones, con el único fin de asegurar que en el hogar no falte el sustento ni el derecho a un futuro digno. El padre que migra no huye de su responsabilidad,  la asume con el cuerpo y la distancia, habitando una nostalgia Nos urge dejar de juzgar la ausencia física y comenzar a validar el profundo acto de amor que implica sostener un vínculo afectivo a través de una pantalla, convirtiendo una llamada telefónica en el único refugio seguro para sus hijos.

Sin embargo, el escenario más crudo y límite de la paternidad en el México contemporáneo se escribe con palas, varillas y dolor. En una nación atravesada por la dolorosa realidad de las desapariciones, ha emergido una figura que subvierte cualquier tratado antropológico tradicional: el padre buscador que desafía el mandato cultural de ser fuerte e imperturbable, mientras rompe la tierra con sus propias manos en fosas clandestinas, buscando los restos de sus hijos. Estadísticas de colectivos de derechos humanos y registros civiles estiman que miles de hombres en todo el país dedican su vida a esta labor, enfrentando amenazas de muerte, la indolencia de un Estado y el desamparo institucional, pero no se detienen.

En ellos, la paternidad ha transitado de la crianza a la resistencia absoluta. Rompen el estigma de la imperturbabilidad masculina al derramar lágrimas sobre la tierra arada por la tragedia, en eventos públicos donde lo que piden es apoyo para ayudar a encontrar a sus hijos.

La paternidad en el México de hoy no puede seguir midiéndose bajo los estándares obsoletos de la era industrial ni las exigencias del proveer en silencio. Tampoco puede reducirse al discurso de la calidad de tiempo cuando el contexto socioeconómico fragmenta los hogares a través de la frontera o la violencia. Hoy, ser padre es un acto de profunda resistencia que ha evolucionado.

Vaya nuestro reconocimiento a los padres que crían desde la ternura cotidiana, a los que sostienen el hogar con el corazón fragmentado por la distancia geográfica, y de manera muy especial, a los padres que hoy no celebran, sino que buscan.

¡Rebeldía, Locura, Ciencia y Felicidad!

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