Opinión de
Susana Sánchez
La familia | Cuando la tolerancia se convierte en indiferencia
La familia | Cuando la tolerancia se convierte en indiferencia
“La tolerancia equilibrada es germen de libertad y armonía”
Susana Sánchez*
La Real Academia de la Lengua Española define la tolerancia como la “actitud de respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando sean diferentes o contrarias a las propias”. Esto nos ayuda a todos los seres humanos a vivir en un ambiente de paz, de libertad de expresión de las ideas, a proponer y a actuar sin ser juzgados.
La tolerancia debe ser recíproca, es decir, es un derecho y un deber, porque si yo quiero ser aceptado y respetado respecto a mis creencias, cultura y opiniones, debo estar dispuesto a tolerar las de los demás para poder convivir en armonía. La diferencia no debe resultar un atentado contra nosotros sino una parte de la riqueza que tenemos como seres humanos.
Hoy en día, enseñar la tolerancia a nuestros hijos ha sido una de las actitudes mejor consideradas en nuestro mundo, se le considera tan importante que sin ella no puede ser posible la convivencia en una sociedad plural. La falta de tolerancia, dicen los sociólogos modernos, lleva a radicalismos y a un riesgo de desorden social o a la limitación de derechos personales.
En fin, que transmitir de manera adecuada la tolerancia representa todo un arte, porque tenemos que darles a entender que una cosa es el respeto a las ideas y creencias de los demás y otra muy distinta es ser indiferente a lo que pasa alrededor y permitir arbitrariedades, imposiciones o ideologías en nombre de la tolerancia. Según Platón, la tolerancia se da únicamente respecto del mal, pues la verdad y el bien no son objeto de tolerancia sino de adhesión y beneplácito.
¿Es entonces donde yo me pregunto, no será que muchas veces confundimos la tolerancia con la indiferencia? Hasta donde termina la primera y comienza la segunda.
La indiferencia es el “estado de ánimo en que una persona no siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o actitud”. Las personas indiferentes no se ven afectadas por pensamientos ni positivos ni negativos, están en un estado de ausencia total de agrado o desagrado y pueden resultar ser personas poco empáticas, frías y comprometidas.
La indiferencia nos lleva a marcar un límite entre el otro y yo, permitiéndonos vivir nuestra vida sin sentirnos responsables por lo que pasa alrededor y por las demás personas, de algún modo implica un individualismo y un relativismo exacerbado que evita el envolvernos y participar en la vida familiar, social o política. No hay involucramiento alguno.
Así pues, la tolerancia implica respeto, la indiferencia implica ignorancia, de modo que en nuestro actuar, y a la hora de educar, debemos enseñar a nuestros hijos a ser capaces de reconocer al otro como una persona con el mismo valor que el nuestro, con una dignidad de persona intrínseca, con libertad y con responsabilidad.
Lo contrario a la tolerancia, es la permisividad, que es una actitud de tolerancia excesiva donde todo se permite y nada se restringe, donde cada quien actúa según su ley y no hay límites en la actuación de la persona.
Tampoco debemos formar en la intransigencia, que es otro extremo de la tolerancia, o de la ausencia de la misma, que es la falta de reconocimiento ante las diferencias de los demás, sintiendo que tales diferencias resultan un ataque a nuestra propia forma de ser y de pensar.
En fin, que ser tolerantes, sin ser indiferentes, involucrándonos de manera respetuosa en la vida de los demás, sin atentar en sus derechos y sus libertades, sin caer en la permisividad ni en la intransigencia nos ayudará a ser mejores personas para vivir con y aceptando las diferencias, siendo respetuosos, sin ceder ni resignarnos en las verdades, pero aceptando las distintas maneras de pensar de los demás.
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