Opinión de
Carlos Ernesto Alvarado
QUOD DIXI DIXI | LOS HOMBRES QUE ESTORBAN
Después de conquistar territorios más fértiles y generosos, pensaban que había llegado el momento de abandonar aquellas tierras secas y difíciles donde habían crecido; ¿para qué seguir viviendo entre montañas ásperas cuando podían instalarse en lugares más cómodos y abundantes? La idea parecía lógica, incluso inteligente.
"Respice post te, hominem te esse memento; memento mori!"
Cuenta Heródoto que algunos persas llegaron ante Ciro con una propuesta aparentemente razonable. Después de conquistar territorios más fértiles y generosos, pensaban que había llegado el momento de abandonar aquellas tierras secas y difíciles donde habían crecido; ¿para qué seguir viviendo entre montañas ásperas cuando podían instalarse en lugares más cómodos y abundantes? La idea parecía lógica, incluso inteligente. Después de todo, casi todos preferimos el camino sencillo cuando tenemos oportunidad de elegir.
Ciro escuchó la propuesta y respondió algo que sobrevivió siglos porque sigue siendo incómodo; las tierras suaves producen hombres suaves, los pueblos que buscan solamente comodidad terminan perdiendo algo más importante que el confort, terminan perdiéndose a sí mismos.
Siempre he pensado que Zacatecas habría entendido perfectamente esa conversación. No porque compartamos historia con Persia, sino porque compartimos algo más profundo; la experiencia de vivir en una tierra que no regala nada. Aquí las cosas suelen construirse con paciencia, con trabajo y con una terquedad que a veces parece parte del paisaje. Las minas, las universidades, los tribunales y las instituciones que hoy conocemos no aparecieron por generación espontánea; detrás de ellas hubo personas que dedicaron años, a veces décadas, para levantar algo que otros terminaron considerando normal.
Pensaba en eso cuando recordaba a José Abel Vázquez Villalobos. Muchos lo conocerán por su paso al frente de la Casa de la Cultura Jurídica en Zacatecas, pero quienes tuvimos la oportunidad de tratarlo sabemos que era mucho más que un cargo. Era maestro, era amigo, era de esos raros personajes capaces de sostener una conversación sobre derecho constitucional, filosofía, historia o literatura sin necesidad de convertirla en una exhibición de conocimientos. También era un apasionado del vino y de las largas sobremesas; entendía que algunas ideas necesitan tiempo para madurar y que las mejores preguntas casi nunca tienen respuestas inmediatas.
Durante años, cientos de estudiantes, litigantes, actuarios, secretarios, jueces y magistrados encontraron en la Casa de la Cultura Jurídica algo más que cursos y conferencias. Encontraron un espacio para pensar. Hoy esa frase puede parecer pequeña, pero no lo es. Vivimos una época donde abundan las opiniones instantáneas, las certezas absolutas y los expertos de ocasión; pensar se ha convertido en una actividad cada vez más escasa. Abel ayudó a formar generaciones enteras de profesionistas cuando todavía existía la convicción de que estudiar era más importante que aparentar saber.
Por eso resulta imposible ignorar la ironía de los tiempos que vivimos. Mientras la reforma judicial transformaba estructuras, modificaba órganos, cambiaba nombres y prometía construir una nueva etapa para la justicia mexicana, una de sus consecuencias menos comentadas fue la pérdida de buena parte de la memoria institucional acumulada durante décadas. La Casa de la Cultura Jurídica dejó de ser Casa de la Cultura Jurídica para convertirse en Casa de los Saberes Jurídicos; el cambio podrá parecer menor para algunos, pero detrás de ese nombre existía una comunidad académica construida a lo largo de muchos años.
Y aquí aparece una pregunta incómoda que sigue sin respuesta. ¿Cómo puede hablarse de fortalecer la justicia mientras se desprecia la experiencia de quienes dedicaron su vida a construirla? Porque ese fue, precisamente, uno de los reclamos que muchos hicimos desde el inicio; se trató como prescindibles a jueces, magistrados y servidores públicos cuya principal falta parecía ser haber acumulado años de estudio, trabajo y experiencia. Como si el conocimiento jurídico fuera un obstáculo y no un patrimonio; como si la trayectoria pudiera sustituirse con facilidad y como si el criterio adquirido durante décadas pudiera improvisarse de un día para otro.
Abel no era parte de esa disputa política, pero terminó alcanzado por ella. Se convirtió en uno de esos daños colaterales que rara vez aparecen en los discursos oficiales. Mientras el país discutía elecciones judiciales, candidaturas y nuevas estructuras, Zacatecas perdía a uno de los hombres que más había contribuido a formar a quienes durante años dieron vida al propio sistema de justicia. La paradoja es difícil de ignorar; hablamos de acercar el derecho a la sociedad y, en el camino, dejamos fuera a uno de los hombres que llevaba años haciéndolo.
Quizá por eso la historia de Ciro sigue teniendo sentido siglos después. Los pueblos no se definen únicamente por las leyes que aprueban o por las instituciones que reforman; también se definen por la forma en que valoran a quienes transmiten conocimiento de una generación a otra. Zacatecas ha sido siempre una tierra áspera, como aquella Persia de la que hablaba Heródoto, una tierra capaz de producir hombres y mujeres que construyen más de lo que reciben. José Abel Vázquez Villalobos fue uno de ellos.
Las reformas pasarán, los nombres volverán a cambiar y los organigramas seguirán moviéndose, porque así funciona toda burocracia. Lo que todavía está por verse es si seremos capaces de formar a quienes ocupen el lugar de los maestros que vamos perdiendo; porque una institución puede sobrevivir a un cambio de nombre, pero ninguna comunidad jurídica sale ilesa cuando deja de valorar a quienes dedicaron su vida a enseñar a pensar.
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