Opinión de
Mons. Sigifredo Noriega Barceló
REFLEXIONANDO EL EVANGELIO | SAL Y LUZ
En términos evangélicos, pudiéramos decir que la sal va perdiendo su sabor y la luz se ha ido escondiendo debajo de celemines posmodernos.
V Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A
“Ustedes son la luz del mundo”
Mateo 5,13-16
El aniversario de la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos va cayendo en el olvido. Desde que el 5 de febrero se ha convertido en parte de un fin de semana largo, le ganan la partida otros apuros e intereses. En estos tiempos de la posverdad, pareciera que la memoria de nuestras raíces se volatiza. En términos evangélicos, pudiéramos decir que la sal va perdiendo su sabor y la luz se ha ido escondiendo debajo de celemines posmodernos.
La Constitución Política de un país es su carta de presentación. Muestra el horizonte de nación que se anhela y los valores fundamentales en los que se cree y por los que se lucha. Recoge los sueños de los habitantes/actores del momento, los pensamientos labrados en las luchas sociales, el sudor y las lágrimas de las batallas de muchos de nuestros antepasados. También pone en letra normativa la visión e intereses ideológicos de quienes dicen ir ganando la partida.
“Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo…”, escuchamos en el Evangelio de hoy. Aunque es imposible saber con exactitud la influencia directa del Evangelio de Jesucristo en nuestra Constitución a través de los actores del último siglo, nos es permitido suponer que algún halo de luz y algunos granos de sal iluminaron y sazonaron la inspiración, las discusiones y los acuerdos que aparecen en el texto final. Se pueden mirar en los valores fundantes e inspiradores que reflejan los ideales de libertad y justicia del Evangelio, transmitido y testimoniado por los cristianos (algunos mártires) de hace un siglo.
Hoy es la hora de nosotros, hacedores (constituyentes) de nuevos textos. La luz hace visible lo que hay en la ciudad. La sal se visibiliza por la sazón que proporciona. El discípulo de Jesús, modelo 2026, es enviado para hacer visibles los valores del Reino. Se deja ver por lo que hace, se deja sentir por el sabor que pone en su compromiso social. Como la sal, el discípulo sazona la vida con los valores trascendentes del Evangelio. Como la luz, alumbra y brilla en la noche de tantas confusiones, indiferencias e intereses. Como ciudad, se deja ver como artesano de relaciones humanas sanas, justas y pacíficas en las batallas que se libran para que no pierda su rostro humano…
Nuestro mundo necesita de cristianos luminosos y sazonadores que influyan en el tejido social irradiando los valores del Reino de Dios. En este mundo convulsionado, de apagones y sinsabores, hemos de ser fuego que vuelva a encender la esperanza de un tejido social digno del ser humano. El antitestimonio más visible de un cristiano es la indiferencia, la desesperanza crónica, la perezosa apatía. Su tarea es irradiar, con audacia y alegría, los valores del Reino contenidos en las bienaventuranzas, la carta de identidad del cristiano.
¡No a cristianos insípidos! ¡No a cristianos acomplejados, escondidos debajo de la mesa! ¡Sí a cristianos lúcidos! ¡Sí a cristianos fermento de Evangelio, audaces, luchones, comprometidos, creativos! ¡Sí a cristianos ‘constituyentes’!
Con mi saludo y bendición para que así sea.
† Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas
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