Opinión de
Alex Bravo
EL ESPECTADOR | KENZO
La noticia mantuvo en vilo a las comunidades locales durante varios días, en los cuales se realizaron intensas labores de búsqueda que se vieron complicadas por las condiciones climáticas —lluvias y granizadas en la zona— y el terreno accidentado.
“Lo maté porque tenía rabia”
Un felino escapó de un predio autorizado el pasado sábado 27 de junio de 2026, presuntamente aprovechando trabajos de mantenimiento en las instalaciones donde se encontraba. La noticia mantuvo en vilo a las comunidades locales durante varios días, en los cuales se realizaron intensas labores de búsqueda que se vieron complicadas por las condiciones climáticas —lluvias y granizadas en la zona— y el terreno accidentado. Tras el despliegue, las autoridades localizaron y capturaron al ejemplar. Inicialmente, la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) informó que el tigre presentaba algunas lesiones que no comprometían sus funciones vitales ni su movilidad. Sin embargo, poco después se confirmó que el animal falleció mientras recibía atención médica especializada tras el operativo.
El nombre de ese felino era Kenzo. Y la manera en que murió es un reflejo de cómo, en un país como el nuestro, la violencia contra los animales no solo es permisible, sino que ocurre de manera cotidiana.
El cuestionamiento sobre la violencia ejercida hacia los animales, especialmente cuando deriva de una estructura de poder humano —como el confinamiento en centros de vida silvestre—, nos sitúa en el centro de una tensión ética profunda. La muerte de un ser, ya sea por negligencia, por protocolos de captura fallidos o por el estrés sistémico que implica su cautiverio, nos obliga a examinar nuestra relación con la alteridad no humana. Emmanuel Levinas centró su ética en el “rostro del otro” humano, pero diversos autores contemporáneos han extendido con justicia su concepto de responsabilidad hacia los animales. Para Levinas, la ética comienza en el momento en que me encuentro con la fragilidad del otro y reconozco su vulnerabilidad.
¿Se puede entender la muerte de Kenzo como una falla ética radical? Sería cuestión de analizar cómo el sistema de gestión fue incapaz de reconocer la “exigencia” que imponía el animal por el simple hecho de estar vivo y vulnerable. Al priorizar el control sobre el bienestar, el ser vivo deja de ser un “tú” para convertirse en una unidad biológica que, al fallar el mecanismo de contención, se transforma en un riesgo que debe ser anulado. Es una lógica implacable que opera desde las instituciones hasta la cotidianidad del barrio; ¿quién no ha escuchado la frase racionalizadora: “Lo maté porque tenía rabia"?
El pensador Günther Anders ofrece una lectura contundente sobre este fenómeno en su crítica a la “obsolescencia del hombre”, donde analiza la distancia abismal entre nuestras acciones y sus efectos. La violencia en el caso de Kenzo puede verse como el resultado de una “neutralización técnica”. Las brigadas encargadas de la captura operan bajo protocolos y herramientas que crean una distancia emocional y ética: el animal ya no muere a manos de una persona, sino a manos de un “procedimiento”. Un procedimiento que será investigado administrativamente y que, con casi total certeza, absolverá de cualquier sanción a aquel que disparó contra el cuerpo viviente.
Resulta desolador constatar cómo se minimiza una tragedia. Al mecanizar la captura se elimina la capacidad de experimentar el horror ante la muerte del otro, transformando el evento en una simple nota de bitácora, una estadística de gestión ambiental o una noticia efímera que pasa desapercibida bajo el ensordecedor efecto del Mundial de Fútbol. Al final, el destino del cadáver de Kenzo es el mismo que el del perro atropellado y abandonado en la autopista, el mismo de las especies que sufren la caza furtiva, o el de aquellos animales silvestres atacados en los cerros por perros domésticos cuyos amos utilizan para exterminar la vida salvaje.
La muerte de Kenzo no es un accidente administrativo; es el síntoma de una relación puramente instrumental con la existencia. La violencia hacia el animal, cuando se institucionaliza, se vuelve una violencia contra nuestra propia capacidad de asombro y respeto por la vida que nos trasciende. Cuando convertimos al «otro» en un objeto de gestión, clausuramos nuestra propia apertura existencial hacia lo sagrado de la diferencia.
*Análisis Existencial
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