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Alex Bravo Opinión de Alex Bravo

EL ESPECTADOR | "ESTE MUNDIAL"

Deseo genuinamente que quien lo mire lo disfrute; en lo personal, es un deporte que ya no me atrae.

“Me rebelo, luego somos"

El Mundial de Fútbol ha dado comienzo. El balón ha empezado a rodar y quienes tuvieron la fortuna de pagar un boleto podrán presenciar en vivo cada partido de un torneo que se promociona como espectacular. Deseo genuinamente que quien lo mire lo disfrute; en lo personal, es un deporte que ya no me atrae. Aunque de niño lo practiqué e incluso tuve la ilusión de vestir la camiseta de la selección nacional, con el tiempo crecí y el interés se disolvió. Sin embargo, ahora que el torneo acapara las pantallas, es inevitable pensar en Albert Camus, quien también ejerció este deporte. El fútbol fue una de las grandes pasiones de su juventud y dejó una huella indeleble en su forma de entender el mundo.

Camus jugó como portero en el equipo juvenil del Racing Universitaire d'Alger (RUA). No era un aficionado cualquiera; quienes lo vieron alinearse en esa época coinciden en que poseía un talento notable, destacando por su valentía y sus reflejos felinos bajo los tres palos. Desafortunadamente, su prometedora carrera deportiva se cortó de golpe a los 17 años al contraer tuberculosis, una enfermedad que arrastraría el resto de su vida y que lo alejó definitivamente de la alta competencia física. Años más tarde, ya consagrado en las letras, escribiría una de sus sentencias más célebres:

“Porque, después de muchos años en que el mundo me ha brindado muchas experiencias, lo que más sé, a la larga, de la moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

Para Camus, la cancha representa a una de las formas más puras de la existencia porque en el terreno de juego no importaban las teorías abstractas ni las ideologías políticas. Importaban la lealtad al compañero, las reglas claras, el esfuerzo colectivo, el juego limpio y la dignidad tanto en la victoria como en la derrota. En un siglo XX desgarrado por dogmas violentos y totalitarismos, él encontraba en el fútbol una ética directa, humana y compartida. Amaba el juego porque en su juventud era un espacio de igualdad primordial: en una cancha de tierra de un barrio pobre de Argelia daba igual de dónde venías o cuánto dinero cargabas en el bolsillo; las únicas leyes válidas eran las de la fraternidad ante el balón. Una ética humana básica.

Evidentemente, esa filosofía de barrio que Camus habitó dista mucho del espectáculo que presenciamos hoy. La FIFA y los comités organizadores han transformado el Mundial en un producto de lujo prohibitivo. La exclusión de las mayorías mediante precios astronómicos destruye precisamente la idea de “comunidad” de la que nació este deporte. El hecho de que el aficionado común se vea desplazado, imposibilitado de disfrutar el partido con una cerveza y unos chicharrones preparados mientras lleva un penacho en la cabeza, demuestra que el fútbol ha dejado de ser un derecho cultural compartido para convertirse en un evento privado de acceso restringido. Al paso que vamos, para los próximos mundiales la transmisión en vivo será un privilegio exclusivo de las élites, dejando las repeticiones grabadas —quizás también de paga— para las mayorías. Cuando el capital decide quién tiene derecho a celebrar, la ética comunitaria es sustituida por una fría transacción financiera.

Esta fractura se hace evidente en las calles. En la Ciudad de México, coincidiendo con la inauguración del torneo, diversos sindicatos y organizaciones civiles han tomado el Centro Histórico y las inmediaciones del Zócalo, extendiendo sus protestas hacia las arterias principales. Las manifestaciones visibilizan una contradicción flagrante: mientras los gobiernos y las corporaciones locales celebran el Mundial como un escaparate de desarrollo, turismo y modernidad, la ciudadanía real sigue enfrentando carencias sistémicas, gentrificación y desplazamientos forzados. Para Camus, la verdadera rebeldía (“Me rebelo, luego somos”) nacía de defender la dignidad de los hombres de carne y hueso frente a las imposiciones abstractas del poder. Estas protestas son la calle real recordándole a las instituciones que la vida humana y sus necesidades más urgentes ocurren fuera de los estadios blindados.

Asimismo, no podemos ignorar el fútbol como un tablero de ajedrez geopolítico controlado por las potencias y los organismos internacionales. Vale la pena hacer una precisión fáctica: la selección de Irán está disputando este Mundial, ubicada en el Grupo G y programada para debutar contra Nueva Zelanda en Los Ángeles. Sin embargo, las tensiones diplomáticas, las trabas en los visados impuestos por los países anfitriones y el veto sutil a ciertos árbitros y delegaciones manchan la supuesta neutralidad del deporte. Históricamente, la FIFA ha enarbolado la bandera de “no mezclar el fútbol con la política”, pero en la práctica actúa con una profunda hipocresía: calla ante las violaciones de derechos humanos de ciertos socios comerciales mientras agacha la cabeza ante los bloqueos diplomáticos dictados por los países organizadores más poderosos.

Si Camus estuviera aquí, observaría este Mundial con la misma lucidez desencantada con la que miraba las ideologías de la posguerra. Vería con claridad que la burocracia de la FIFA y los intereses de las naciones anfitrionas operan exactamente igual que esos “sistemas abstractos” que denunció en El hombre rebelde: estructuras que se justifican a sí mismas en nombre del progreso o de la fiesta global, pero que en el camino pisotean la inclusión y la transparencia del hombre común.

La esencia del fútbol —su ética directa— no se encuentra hoy en los palcos VIP de Nueva York, de la Ciudad de México o de Vancouver. Esa esencia resiste únicamente abajo: en la gente que se organiza para protestar, en las canchas de tierra de la periferia y en el aficionado que, excluido del estadio, se junta con sus vecinos a ver el partido en una pantalla comunitaria. Ahí es donde el fútbol se mantiene humano. Ahí es donde los niños siguen soñando, mientras el balón, en el barrio, sigue rodando.

Alejando Bravo.

Análisis Existencial

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